Delito sexual coronado

Joaquín Absalón Pastora

Todavía no entiendo la representatividad que ejerce en el orgullo de las naciones el enfrentamiento “puñetero” de dos tunantes inmersos en el cuadrilátero.

La antecedencia de estos espectáculos que le roban lugar a la razón en los espacios de la comunicación pública, es antigua. Y lo que es antiguo tiene la virtud de ser respetado. Y en algunos casos sugiere a la sabiduría.

Lo cierto es —ayer y hoy— que el encuentro de dos fieras produce gozos de hidalguía como los de hacer saber a los demás en la euforia: “Yo soy —y pongo como ejemplo a nuestro gentilicio— un nicaragüense nacido en la tierra de los campeones mundiales”. Y eso nos envalentona aunque las fieras mortales del hambre, del atraso, del crimen, de la ignorancia traspasen el órgano colectivo de la Nación.

Muchas veces me pregunto: ¿Qué gana la Patria con tener a un boxeador de campeón, símbolo de la fuerza bruta, del ataque y de la defensa en cuyas estrategias se han unido las facultades de la inteligencia pero sólo para usárseles en la línea de la agresividad?

Pero aceptado ese deporte por la franquicia de los siglos, permítase el somero análisis de quiénes son sus representantes. ¿Cuál es la moral que los viste? ¿qué son dentro de la obligatoriedad de ser ejemplares ante la sociedad? ¿caballeros o ultrajadores de mujeres indefensas? Hágase la distinción entre los extremos.

El tipo pudo haber elegido al boxeo como la carrera de su vida y lucirse dentro de sus lindes aún con la premisa prioritaria de sus puños, dispuestos a sacar sangre de los poros opuestos. No obstante, puede ser un atleta de esos intachables. Excelente esposo y padre de familia, dispuesto a transformar su personalidad pacífica en el escenario del posible crimen. Pero si además de ser eso es un violador aprovechado de la fragilidad, si es eso, ¿qué prestigio podría conceder a la nacionalidad nicaragüense esa salvaje transfiguración?

No sé quién es “Tito” Trinidad. Ignoro los límites de su destreza o si es modelo de amante cuando asume la deliciosa tarea de hacer el amor con una mujer. Pero será inevitablemente su contrincante y como tal los simpatizantes de la velada deben hacer un equilibrio de las virtudes y defectos de los dos gladiadores tanto en el suave aspecto de la moral como en el duro de los puños.

Un día de tantos desperté con el renovado entusiasmo de todos los días. Lo primero que hago en la reapertura de los ojos desesperados por ver y conocer las novedades, es leer y en lo concerniente a nuestro cotidiano retinar la ansiedad en los titulares de los matutinos. Ricardo Mayorga se hizo merecedor de ocupar las ocho columnas no de la página deportiva ni de la de sucesos rojos. Las ocho columnas estelares. Había violado a una mujer. Pasados los días el acusado doblegaba en trascendencia cualquier otro acaecimiento de la República.

Dejé la permeable horizontalidad de la poltrona para escribir este artículo y preguntarme qué ha hecho el inocente cielo de Nicaragua para ser testigo de tanta variedad selvática. Atletas y políticos corrompidos. Corrupción por doquier. Todos hospedados en el mismo redil.

Temí por un instante al efectivo y no metafórico matador, pensando en que algún día podríamos encontrarnos en esta pequeña ciudad y darme —en represalia— una demostración de su poderío como ya lo ha hecho con otras víctimas. Y lo peor, pensé, si ocurre una agresión y pongo la denuncia aún con los “chichotes” visibles, las majestades judiciales serían capaces de decir que un “palmado” Joaquín Absalón osaba “chantajear” al monarca millonario. Eso sería lo peor. Sin embargo en el proceso evolutivo hacia atrás, la sospecha cabe. El instinto de conservación suele alentar al diseño de esos escenarios. Si tantos riesgos fueron asumidos en el pasado, ¿por qué no ahora? La crítica debe hacerse y sostenerse. Ningún granuja va a ser la excepción ni mucho menos la fuente del miedo.

Veo en esa pelea enfrentarse a la legalidad contra el delito. ¿Cuál de los extremos lucirá la corona?

El autor es periodista

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