A la salud del Ejército

Margarita Castillo Villarreal

En 1990 Nicaragua enfrentaba una situación muy difícil, que pudo haber generado un estallido social de graves repercusiones si no se hubiera optado por la negociación. Una situación que de no haber sido aceptada con madurez y visión de futuro, el FSLN y el EPS pudieron haber optado por la ortodoxia negándose a ceder el poder. Manteniendo, de esta manera, al país bajo los azotes de una cruenta guerra civil o bien convirtiendo a Nicaragua en otra Cuba. Un peldaño sumamente importante hacia la construcción de la democracia en Nicaragua fue, entonces, en ese momento único en el que el FSLN y el EPS decidieron entregar el poder, negociar la transición política y asumir el desafío de adaptarse a los retos del momento y a los venideros.

Dentro de ese marco el Ejército evoluciona, se transmuta. No tanto porque así lo hubieran querido sus miembros y mandos, pero por las exigencias de la realidad misma, tomando en consideración la coyuntura nacional y las circunstancias internacionales que le rodeaban. Abrazar el pragmatismo fue, en sí mismo, un importante cambio en la mentalidad y en el accionar del Ejército en Nicaragua.

Hoy el Ejército se debe a la nación. Ayer, se debía a un partido. La despartidización del Ejército fue un importante paso dado en aras de la modernización de la institución militar. Este gran logro estuvo acompañado por una lucha tenaz por alcanzar la institucionalización definitiva del Ejército dentro de la sociedad nicaragüense. La política, de hecho, se convirtió durante los primeros años de la transición política en un proceso en el que las Fuerzas Armadas se vieron a sí mismas jugando un partido de ajedrez en el que ganarían su estabilidad institucional al jugar las reglas del modelo democrático.

En efecto, la más importante arma del Ejército en Nicaragua desde que los sandinistas perdieron las elecciones de 1990, no ha sido el fusil ruso AK-M, sino su apego a la Constitución Política y las leyes de Nicaragua. El marco jurídico que rige sobre el Ejército ha sido su escudo y su espada. Ese escudo y esa espada, aunados con el uso experto de la negociación, les ha dado la habilidad de navegar en medio de la gran inestabilidad política que ha prevalecido en la Nicaragua postrevolución sandinista. Ese escudo y esa espada son los que les ha permitido afirmar su estabilidad y desarrollo institucional.

La estabilidad alcanzada por el EN ha sido positiva para la estabilidad de la nación. Sin una fuerza que, en última instancia, garantice el mantenimiento del orden público, Nicaragua podría ser un país ingobernable. Lastimoso es, sin embargo, que el rol crucial del Ejército se asiente en una de las debilidades estructurales del Estado nicaragüense, en vez de una fortaleza.

A pesar de las limitaciones que impone el Código Militar a un liderazgo civil sobre el EN, inexorablemente en Nicaragua se ha producido un proceso de fortalecimiento en la supervisión del poder civil sobre el poder militar. Dentro de este marco cabe destacar que la promulgación del Código y el retiro del general Humberto Ortega, fueron hechos que contribuyeron grandemente al carácter profesional del Ejército. Haber esculpido las bases del actual EN ha sido, quizás, la contribución más grande que el general Ortega hizo a Nicaragua. Siendo su retiro su contribución más valiosa para la estabilización y democratización interna de la institución militar, especialmente porque dio paso al cambio de mandos dentro del Ejército, un fenómeno trascendental en la historia de Nicaragua.

Pese a los logros alcanzados la profesionalización de las Fuerzas Armadas es aún un proceso inconcluso. Por tanto, una tarea impostergable es dar pasos que permitan avanzar más rápidamente en dicha dirección. Todo rasgo de favoritismo a lo interno de las filas del EN es sinónimo de falta de profesionalización. Toda inversión de recursos, por leve que sea, en actividades que no sean propias del trabajo y misión de la institución, es un mal proceder. El empleo de miembros del Ejército en labores de interés personal para algunos jefes del EN y sus familiares, es un abuso a erradicar. Es responsabilidad de los actuales mandos del EN velar porque cada oficial, clase y soldado mantenga en alto los ideales y valores sobre los que se erige el EN. Al evaluar su proceso de profesionalización he destacado sus principales avances y retos aún por alcanzar. Pese a éstos, elevo mi copa y brindo a su salud.

La autora fue investigadora asociada al Instituto para la Cooperación Hemisférica, entidad del Departamento de Defensa de Estados Unidos. También fue investigadora Rockefeller en la Universidad de Virginia y experta visitante en el Centro para Estudios Latinoamericanos de Harvard.

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