Narciso

Luis Sánchez Sancho

La señora Rosa Urbina, quien dice ser asidua lectora de esta columna, me pidió escribir sobre Narciso, el cautivador personaje mitológico de cuya leyenda se deriva el concepto de narcisismo, que según el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, se aplica al “hombre presumido o vanidoso, que se preocupa mucho de su atavío o está muy satisfecho de sus propias dotes”.

Conozco tres versiones de este mito. La primera y más conocida refiere que Narciso era un joven extraordinariamente bello -hijo del dios-río Cefiso y de la ninfa Liríope- que se enamoró obsesivamente de sí mismo, hasta el grado de morir por su enfermiza pasión.

En virtud de la incomparable apostura de Narciso (¡qué Reynaldo Gianeccini, Brad Pitt, Ben Aflek o príncipe Felipe!), de él se enamoraban todas las ninfas de los bosques y las fuentes. Y entre todas su más ferviente enamorada era Eco, la seductora ninfa que por un castigo que le impuso Hera no podía hablar, pero debía repetir la última sílaba de las palabras que escuchaba.

Narciso, que menospreciaba el amor que le profesaban todas las mujeres, despreció también el de Eco, quien murió de tristeza y desamor y su espíritu se esparció por las montañas y abismos, donde desde entonces responde misteriosamente a la última parte de los sonidos que escucha.

La patética muerte de Eco molestó a la diosa del amor, Afrodita, quien quiso castigar a Narciso infundiéndole la extraña pasión de enamorarse de sí mismo. Y así fue que, al contemplar su imagen en las aguas cristalinas de un estanque, Narciso se enamoró locamente de sí mismo, tanto que no pudo dejar de admirarse hasta que murió de inanición y melancolía.

Las ninfas del bosque, al encontrar el cadáver de Narciso rompieron en llanto y volaron por todos lados anunciando la infausta noticia. Y al regresar para sepultarlo, el cadáver de Narciso había desaparecido y en su lugar se encontraba una hermosa flor que desde entonces lleva su nombre.

Una segunda versión es la que de Narciso se enamoró locamente otro joven y guapo varón, llamado Aminias. Pero Narciso lo repudió enojado y le hizo llegar una espada para que se quitara la vida por esa pasión contra natura. Animias, profundamente dolido por el desprecio de Narciso se mató, en efecto. Pero antes lo maldijo y como consecuencia de la maldición Narciso se enamoró desesperadamente de su misma imagen reflejada en las aguas, al punto de suicidarse ante la imposibilidad de satisfacer su pasión enfermiza.

La tercera versión es de carácter incestuoso, e indica que Narciso era hermano gemelo de una muchacha tan bella como él mismo. Narciso se enamoró apasionadamente de su hermana, quien un día murió accidentalmente mientras él cazaba y ella cortaba flores en el bosque. Enloquecido Narciso por la muerte de su adorada hermana fue a un estanque para mirar su borroso rostro que le recordaba al de su hermana fallecida, y nunca más se separó del lugar, hasta que él también murió de hambre, pero sobre todo de pena.

Las tres versiones (la primera del poeta latino Ovidio; la segunda de Pausanias, escritor y geógrafo griego del siglo II después de Cristo; y la tercera de origen anónimo), coinciden en que al morir de manera tan triste el apuesto Narciso, los dioses se conmovieron y lo eternizaron convirtiéndolo en el río y la flor que llevan su nombre.

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