Un vistazo al poder

Herman Ríos

Contra las predicciones del los liberales constitucionalistas y sus aliados a partir de la campaña de 1996, los trastornos públicos se han encadenado hasta la actualidad haciendo temblar cada rincón de nuestro país. La crisis política continúa con sus atropellos y, más que política, es en realidad moral y espiritual. No está quebrantado el poder del Gobierno ni de las instituciones, sino su credibilidad y su prestigio.

Las actividades del tráfico de influencias enriqueciendo a unos pocos, el narcotráfico, la inseguridad ciudadana, el temor a invertir en empresas generadoras de riqueza por los extranjeros y nacionales han sido, más que nada, parte de los orígenes de la crisis del Estado, causando como consecuencia la doble parálisis de los dos grandes partidos, liberal y sandinista. Por lo tanto, el Gobierno gira sobre sí mismo sin avanzar, por los pactos sigilosos y pequeñas guerras entre los dos bandos. El PLC no tiene más proyecto que sobrevivir, porque no gobierna y ha reducido su fuerza a los desastrosos juegos de hacer maravillas con sus habilidades de la amenaza, el insulto y la permanente búsqueda de la componenda.

Por su parte, el FSLN equivocó la ruta y la sigue desviando; no sabe qué camino tomar, abandonó el movimiento pro comunista y no se atreve a definirse, situación que también lo hace caer en el mismo juego del adversario. El problema, en sí, es mayor por el estilo del frentismo que no amenaza sino que actúa con violencia: toma de la vía pública por sus universitarios, turbas y transportistas; paralización recurrente de la Asamblea Nacional, conatos de paros y huelgas de sus gremios comprometidos.

Ante esta realidad -y no pretendo descubrir el agua tibia-, parece que nadie puede remediar la sombría situación del país permanentemente sometido a la enorme brecha entre ricos y pobres, a la no creación de riqueza, al éxodo de los condenados por el desempleo, al crecimiento imparable de la violencia y el narcotráfico, al vergonzoso alcoholismo de los estudiantes de secundaria y la deserción escolar, a la insalubridad, a la indefensión de la ancianidad por la mala administración de la seguridad social y un sinnúmero de otros males.

El panorama espiritual de Nicaragua es desolador. El Gobierno es chabacano y frívolo, por buscar en forma sostenida el cosmético y la demagogia sobre las verdaderas soluciones de los males que aquejan al ciudadano. Rompe el récord de mesas de juegos de casinos y de zonas francas para vendernos la falsa imagen del progreso, conociendo de antemano que son inversiones ligeras que no estructuran la permanente generación de riqueza. Agota sus esfuerzos para proteger a los mismos que abusan del tráfico de influencia. Pavimenta y adoquina lo visible, mientras cientos de productores sufren los pegaderos de los caminos.

No se ve por ningún lado un verdadero programa de apoyo a la producción y al fomento para regresar a ser un país con industria de la transformación. Sólo se ven las inauguraciones de sucursales bancarias para captar la verdadera fuente económica del país: las remesas de los expatriados. No enfrenta sino que se esconde cuando los otros poderes del Estado lo retan, provocándole al gobernado un profundo sentimiento de desolación. Usa los programas de desarrollo y el empleo público para aumentar el número de votantes del partido oficialista recién fundado, esta situación no es una innovación sino una burda imitación del pasado. El Apre, es una buena solución a mediano y largo plazo, pero sin el estigma grosero de un gobierno que cada día se acerca al suicidio político.

El jefe del Gobierno bien podría comprobar lo anterior, abandonando un día su cortejo de asesores y aduladores, oyendo a la gente que le exprese directamente lo que se habla en murmullo. Crece y se multiplica un sentimiento en contra del actual Gobierno, que lo está condenando a un paulatino pero inexorable aislamiento. Desde los primeros meses de Gobierno éste dejó de ser una aspiración del pueblo, porque lo cubrió el fatídico halo de la soledad, que siempre arrastra a la muerte política.

Para gobernar se necesita ser un político profundamente nacionalista y tener en el cosmos de la inteligencia una considerable dosis de realismo. Hoy día, el actual Gobierno parece que es asunto pasado, porque la llave del poder político para abrir historia no abrió nada, sino que cerró muchas. El poder es para usarlo en toda su dimensión, si no es mejor devolverlo. El poder político debe ser devuelto y entregado a los mejores ciudadanos y, no a los partidos. Una mala elección, acarrea violencia y caos. El ejemplo es vigente, nuestros vecinos de Costa Rica están pagando el error de su sistema electorero. Con una dosis de voluntad política y nacionalismo, evitemos que el murmullo se transforme en un nuevo cataclismo social y político. A mitad del período presidencial todos estamos en el filo de la navaja, porque los nicaragüenses estamos agotados de vivir en zozobra.

El autor es escritor

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