Mauricio Díaz
“Gobierno está atado, Tensión nacional, País paralizado, Bolaños fracasó”. Los titulares periodísticos anteriores parecen decir que aquí ya no queda nada por hacer. Que el gobierno que preside el ingeniero Bolaños perdió la pelea en su lucha contra los corruptos y la corrupción. Y hay gente que se alegra por eso, lo cual no es de extrañar, pues probablemente fueron beneficiarios del clientelismo político y del Estado-botín.
País de paradojas y grandes contradicciones que nacen de nuestra sangre, historia y cultura y que en momentos de “crucialidad” como el que vivimos provoca confusión e incertidumbre en la población. Hay sectores que ven que los adversarios ideológicos del pasado reciente encontraron un “joint venture” que les está brindando buenos resultados en su estrategia de meter como al “venadito entre tu huerta” al Gobierno actual. Son las viejas estratagemas del danielismo ahora aliadas con la preservación de los intereses del arnoldismo a fin de hacer fracasar el nuevo estilo de hacer políticas de Estado, de crear nuevos liderazgos y acciones que privilegien el bien común por sobre los intereses particulares. Esas primeras acciones del Gobierno han logrado darle a Nicaragua un nuevo rostro ante la comunidad internacional: el de un país que pasó de la era de la corrupción a una nueva era de anticorrupción, del uso personal y partidario de los bienes públicos a la transparencia en el manejo de los mismos, y del cortoplacismo al diseño de una política de desarrollo de largo plazo, como una manera de encarar los problemas nacionales con soluciones integrales, que no nacen de la noche a la mañana.
Pero nuestra historia reciente nos viene a confirmar que las extremas se juntan y que primero desde la izquierda, e inmediatamente luego de haber perdido el poder, la estrategia danielista ha consistido en someter al país a una constante zozobra por la vía de las asonadas y huelgas (gobierno de doña Violeta y parcialmente en el de Alemán), luego el entendimiento pactista marrullero con Alemán para garantizar que nada cambiara, y ahora al estilo de la Cosa Nostra, usando el Poder Judicial como instrumento de chantaje partidario contra sus enemigos políticos o como medio de premiación económica para con sus aliados.
El BECA y Parmalat son parte de la vieja metodología de darle puntapiés a la economía nacional cuando ésta muestra signos de mejoría. Vieja práctica cuyo propósito es postergar la reactivación económica, afectando consecuentemente a los más vulnerables de la sociedad nicaragüense. Vieja práctica maquiavélica, pues no importan los medios sino sólo los fines, como el de alejar la inversión extranjera directa, proyectar una imagen de país que no ofrece seguridades jurídicas y que adolece de graves fallas de gobernabilidad, debilitar el normal funcionamiento de las instituciones del sistema democrático, para luego rasgarse las vestiduras en discursos demagógicos sobre que dichas instituciones no sirven para nada y que, por tanto hay que cambiarlas.
La realidad es que Nicaragua necesita con urgencia cambios en su sistema político. No podemos continuar de rehenes de dos personas que se han asociado ilícitamente para delinquir contra la nación, peor aún contra los más necesitados, pues en una relación directamente proporcional, mientras más conspiran en contra del Gobierno y a favor de sus propios intereses, más dañan al pueblo necesitado de empleos, comida, educación, salud, seguridad, en fin de un futuro mejor. Dicho en otras palabras, el pacto bicaudillista ahuyenta la inversión extranjera.
La liberación de Nicaragua del nudo gordiano daniarnoldiano pasa necesariamente por crear una nueva alternativa política que rompa la dependencia de jueces y magistrados de los intereses personales y partidarios de los dos “caudillos”.
La nueva lucha en Nicaragua es, ya no entre dictadura y democracia, sino entre opresión y libertad, pues el control partidario del sistema de justicia vuelve frágil y vulnerable a la sociedad civil.
La nueva lucha en nuestro país es ahora entre quienes creemos que hay mejores mujeres y hombres para guiar nuestros destinos que los liderazgos impuestos por la partidocracia o la familia.
Nos hace falta una nueva alternativa política que no repita los vicios del pasado y que demuestre en los hechos cotidianos que es mejor que lo que existe. Que genere confianza poniendo en práctica genuinos valores morales, en su propia forma de hacer política pues ya la nación nicaragüense está cansada y frustrada de tanta mentira e hipocresía de los actuales “líderes”.
Llevar al Gobierno y al país por este camino también pretende alimentar la tentación de que éste busque salidas de facto, de “fujimorazos” para limpiar de una vez y para siempre a los poderes del Estado, y aunque las mismas son una agradable tentación, no deben ser por ninguna razón el expediente para enfrentarse a los enemigos de la libertad.
Que sea el propio pueblo nicaragüense el mejor árbitro y artífice en la construcción de su propio destino.
El autor es miembro del Consejo Político de la Alianza por la República