Jimmy Avilés Avilés
Me comentaba un pariente, —con su experiencia de anciano— que es imposible ver el bosque “encajado” sobre un taburete, porque así escasamente se veían los árboles; le daba mayor fuerza a lo expresado, refiriéndose a los miopes sociales, concluyendo que, “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Debo decir que no lo hacía con ánimo de burla, mas bien lo expresaba en tono comprensivo y con resignación terminaba diciendo: “¡Así es la vida!”.
Hablando del comentario con un amigo periodista, éste atribuía dicho razonamiento a resabios presentes de nuestro provincialismo, heredado de la “Aldea Señorial”, de la que escribió Jorge Eduardo Arellano. El ejemplo actual, —continuaba— es “la alharaca” que se ha tejido en torno a la revitalización de la calle La Calzada en Granada.
Continuaba diciéndome el amigo periodista, lo que pasa es que enganchados o encajados en dicho taburete, oteando el horizonte hasta la punta de los zapatos, solamente lo ven negro o blanco, rojo o verde y definitivamente “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Lo importante sería trascender esas visiones cortopacistas y despojarse de anteojos de cuero y usar catalejos, que aunque sean desde el mismo taburete nos permita al menos tener de horizonte, los confines de nuestro lago, candidato en conjunto con la ciudad a ser Patrimonio de la Humanidad.
Por razones de mi profesión, —siguió relatando mi amigo—, “anduve entrevistando a diversas personas de distintas edades, sexo, afiliación política, etc., y me sorprendió la diversidad de opiniones en relación a la revitalización de la calle La Calzada”.
En síntesis te diré que el rango de los representativos de la tercera edad añoraban con nostalgia y solicitaban se recuperara y les reinstalaran su antiguo “tranvía de vapor” que circulaba en el centro de la calle. Las mujeres coincidieron en la dificultad que implicaría caminar con “tacones altos” sobre una calle empedrada. Los políticos insistieron, —según fue su tendencia partidaria—, en que se ocupara la calle para colocar un desfile de estatuas de sus respectivos pro-hombres, debidamente protegidos por paraguas, para defenderlos de la intemperie y el tiempo. Los más religiosos, —tanto varones como mujeres—, se quejaban que desde el incendio de Granada a manos de Walker, no se ha reconstruido la Iglesia de Esquipulas.
En fin, en un caleidoscopio de opiniones, sugerencias, reclamos, inconformidades; pero que son válidas en una sociedad democrática, que a decir de todos, lo que se pretende es lograr el “consenso”.
De todo esto se desprende que para lograrlo es necesario, con taburete o sin él, ponernos de acuerdo si la Granada que pretendemos conservar es la del siglo XVI, XVII, XVIII, XIX, XX ó XXI. Creo, —finalizó diciendo mi joven amigo periodista—, que esta discusión hay que dejarla “de tarea” a los candidatos al taburete edilicio de la ciudad. Sin más y dejándome confundido y sin respuesta, se despidió agregando: “A los granadinos no se les halla el hoyo… son peores que la gata angora”.
El autor es historiador