Bolivia: la tierra de profundos enigmas indígenas

Nicasio Urbina

Bolivia es un país mítico, poseedor de una cultura milenaria y en gran medida hermética. Con una mayoría indígena que continúa viviendo en la indigencia y la marginalidad, y una minoría blanca que posee un porcentaje desproporcionado de la riqueza del país. Dividido en nueve departamentos, cada uno de ellos es diferente de los otros, con sus propias características étnicas, lingüísticas, folclóricas, climáticas, rituales y económicas. Pocos países en el mundo poseen la diversidad y riqueza tradicional que posee Bolivia.

El calendario boliviano está lleno de festividades, carnavales, celebraciones y rituales de gran belleza y colorido, así como profundo significado que los extranjeros apenas alcanzamos a comprender. Desde la Fiesta de Ekeko o Alasita en enero con sus maravillosas miniaturas, hasta la Fiesta de la Cruz, la celebración de la Virgen del Carmen, la de Tata Santiago, el Carnaval de Oruro declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad, o las entradas de la Festividad del Gran Poder en La Paz, Bolivia posee una diversidad de celebraciones y fiestas impresionante. El viajero podría pasarse todo el año de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, estudiando los trajes, los instrumentos, los rituales, las danzas, la música y las comidas de estas celebraciones enigmáticas, plurívocas, polivalentes y en muchos casos irónicas. El 21 de junio por ejemplo, el día más corto y frío del año en estas latitudes, se celebra el Año Nuevo Aymara conocido como Inti Raymi, donde el pueblo aymara celebra en todas sus ciudades y pueblos y se congrega en lugares sagrados, en espacios rituales y en las ruinas de Tihuanacu, para llevar a cabo ceremonias milenarias, que ni la colonización, ni el sincretismo, ni la modernidad han podido cambiar o entender plenamente.

El lago Titicaca, famoso por ser el más alto del mundo (3,825 metros sobre el nivel del mar) es bello y misterioso, con sus aguas azules, inmóviles como un enorme espejo divino, rodeado de montañas imponentes, adornado de islas entre las que destacan la Isla del Sol y la de la Luna. Lago sagrado para los indígenas, con una extensión de 8,364 kilómetros cuadrados, y una riqueza arqueológica que permite estudiar el desarrollo de esta civilización desde los Tiwanakus hasta los Incas, es un lago que no deja de sorprender a sus exploradores. Hace apenas unos días, el domingo 22 de agosto, se anunció el descubrimiento de piezas de cerámica y piezas de oro localizadas entre 46 y 96 metros de profundidad, en la provincia de Manco Kápak. Con la ayuda de robots el equipo logró bajar a 120 metros de profundidad para mapear la topografía submarina del lago, continuando el trabajo iniciado por Jacques Cousteau en 1968, quien había logrado bajar a 60 metros. Sin embargo, muchas de las significaciones sagradas del lago siguen y seguirán siendo un enigma para la civilización occidental ya que los aymaras no están dispuestos a revelarlas.

La vida de los indígenas bolivianos es muy dura. El frío es inclemente prácticamente todo el año en la zona andina, y el calor es furioso en la selva. Las montañas son arduas y hay que cuidar los cultivos con esmero para poder obtener cosechas considerables. El agua no es abundante y hay que cuidarla y racionarla inteligentemente. Las largas distancias los obligan a cargar sobre la espalda muchos de los artículos de primera necesidad y es raro ver a las mujeres sin su bombín en la cabeza y su motete en la espalda. Sin embargo la cultura guaraní, quechua y aymara ha logrado asegurarse ciertos espacios en la sociedad boliviana. La educación bilingüe en lengua indígena y español está asegurada, las organizaciones indígenas y los ayllús tienen derechos establecidos en la Constitución y tienen representación en el Congreso Nacional. La mujer detenta un gran poder en la estructura familiar quechua y aymara, y controla un porcentaje considerable del comercio al menudeo en el país. De hecho la identidad indígena está mucho mejor representada en las calles por las cholas que por los hombres. Éstos en buena medida visten ropas occidentales y han abandonado los trajes tradicionales.

Mientras escribo esta página puedo ver por mi ventana la Basílica de San Francisco, creada en 1540 por los franciscanos en un estilo barroco mestizo. El altar mayor recubierto de oro es impresionante. Tras la Basilica la montaña se erige imponente y en su cúspide está la Ceja de El Alto, la ciudad aymara con un comercio pujante y siempre poblada de compradores y viajeros. Detrás de El Alto está el aeropuerto de La Paz y una de las carreteras importantes de la ciudad. Durante la revolución de octubre del 2003 la población de El Alto prácticamente bloqueó la ciudad, la aisló del aeropuerto y de esa importante vía de comunicación. La ciudad sitiada por Central Obrera Boliviana COB, por los normalistas de Warisata, y por la población de El Alto contribuyó de manera fundamental a la caída del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, demostrando el poder que tiene el pueblo indígena boliviano. La larga tradición de lucha de esta gente, el temple de acero forjado por siglos de resistencia, de lucha tenaz contra los elementos y contra los opresores, les han enseñado a organizarse, a luchar por sus derechos, y a defenderse con su silencio y su estoicismo de la explotación brutal a la que han sido sometidos. Octubre demostró que puede más la organización de masas, la resistencia y las manifestaciones populares, que el Presidente con su ejército, con las sumas millonarias que ha dejado el estaño, el oro y el gas natural.

Desde la hoyada en que se encuentra La Paz, al valle de Yungas, a Tarija, a la selva amazónica boliviana, al salar de Uyuni, a ese litoral perdido y siempre presente en el imaginario boliviano como una llaga que nunca sana, Bolivia lucha por encontrar su propio camino, su justo balance entre la pos modernidad que acecha por todos lados, y las culturas ancestrales que dominan su perfil étnico e histórico. Ojalá el presidente Carlos Mesa pueda hacer realidad sus planes de gobierno, ojalá los políticos, no muy diferentes a los nuestros, decidan trabajar por el bien de todos los bolivianos. Ojalá Pachamama no se ensañe con sus hijos.

El autor es catedrático de la Universidad de Tulane y profesor visitante de la Universidad de Cincinnati.

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