La alcaldía es muy importante

Peter R. Bernal.

A lo largo y ancho del continente, específicamente en varios países americanos, se celebrarán elecciones municipales, departamentales y regionales. Algunos han estado hablando en los últimos días sobre los resultados del referendo revocatorio de Venezuela, pero olvidan que en unos pocos meses, de mantenerse así las cosas, los venezolanos elegirán sus autoridades locales.

El futuro de ése, y cualquier otro país, tiene relación con la base política que se crea mediante este tipo de funcionarios electos. En otras palabras, el alcalde es el ejecutivo electo más cerca del pueblo y su desempeño como eje vital del proceso determina en buena parte la elección de otros futuros gobernantes. Además, el Concejo Municipal también está más cercano a lo puramente cotidiano que las cámaras legislativas.

Repasemos la historia del modelo estadounidense: los partidos políticos y sus dirigentes, muchas veces desprovistos del control a nivel nacional o regional, se refugiaban en la creación de maquinarias políticas en las grandes ciudades. ¿Quién puede hablar de asuntos municipales sin mencionar la famosa Tammany Hall en Nueva York o al legendario Thomas Pendergast en Kansas City? La carrera del ex presidente Harry Truman se inició con el espaldarazo que le dio Pendergast en Missouri y la lista de presidentes que tuvieron que pasar por las horcas caudinas de Tammany Hall es tan larga que sería mejor no mencionarla.

Lo que sí menciono son los nombres históricos de individuos clave. ¿Cómo recordar estos temas sin acudir a Joel Bartlow Sutherland, de Filadelfia; William M. Tweed, en Nueva York; George Cox, en Cincinnati; Daniel P. O’Connell, en Albano; y más recientemente, el todopoderoso alcalde Richard Daley en Chicago? Todavía están frescas las impresiones sobre la memoria colectiva de las elecciones presidenciales de 1960, cuando Daley coronó a John Kennedy al concederle el voto de su maquinaria electoral en la ciudad de los vientos, neutralizando la votación republicana que votó mayoritariamente por Richard Nixon, en el resto del estado de Illinois.

¿Cómo olvidar la Convención Demócrata de 1968? Entonces Daley influyó en decidir la candidatura de Hubert Humphrey, como lo hizo con Lyndon Johnson al imponerlo como vice en la boleta de 1960. Éste célebre alcalde Daley encarnó la definición clara de un “alcalde poderoso”, que hizo James Bryce, refiriéndose al jefe político local o sea al (“boss”) “…domina a sus socios… distribuye cargos, recompensa a los leales, castiga a los rebeldes, confecciona los esquemas, negocia los tratados… generalmente evita mucha publicidad, prefiriendo lo sustancioso a las pompas del poder y es el más peligroso de todos porque se sitúa, como una araña, oculto en medio de su red. Él es [en realidad el verdadero] jefe…” Dicho criollamente… “el que corta el bacalao”.

Para aterrizar después en una época más reciente, deseo aclarar que no es simplemente “política étnica” el controlar o tratar de ejercer el control político en las ciudades estadounidenses, como algunos han implicado. Entre los “jefes” más famosos estuvo el mismo Tweed, de Nueva York, uno de los creadores del modelo, cuyos sucesores fueron, muchos de ellos irlandeses, pero no todos. Tweed era un protestante de origen escocés. Claro que muchos el mismo Daley, eran irlandeses de origen.

Curiosamente, el alcalde más famoso de Nueva York, y por qué no, de todo el país (¡cuidado!) lo fue Fiorello La Guardia, el cual era hijo de un italiano y una judía, pero profesaba el protestantismo. No era un típico “étnico” ni mucho menos, sin dejar de serlo (¿qué tal?). Era republicano, pero libertario en cuestiones civiles, y gobernó la más demócrata de todas las grandes metrópolis. Abandonemos pues los “estereotipos” y las generalizaciones. Claro que el “padre del Nueva York moderno” se enfrentó a la corrupción y al poder de las maquinarias a la vez que llevó a cabo obras públicas monumentales. La Guardia había perdido su escaño congresional en 1932, el que ocupaba desde 1917, y su derrota lo hizo volcarse a la Alcaldía de la “Gran Manzana”, cuyo cargo asumió en enero de 1934. Con la excepción de Franklin Roosevelt no hubo nadie más mencionado en la era del “New Deal” que el popular La Guardia. Como alcalde, ofreció un liderazgo honesto y encabezó una administración transparente que “tradujo la complicada conducta del vasto gobierno de la ‘megalópolis’ a un lenguaje con significado para el hombre, la mujer y el niño promedio”. Así lo expresó en líneas generales, el prestigioso magistrado Félix Frankfurter, también hijo de esa era en EE.UU.

Vuelvo al tema. El alcalde está más cerca del ciudadano que cualquier otro funcionario político ejecutivo. Sus decisiones afectan la vida cotidiana de cada uno de nosotros. En realidad, vivimos en la ciudad y no en todo el país, es decir la palpamos y sufrimos de una u otra forma. La selección de un votante que se respete a sí mismo debe hacerse buscando una persona honesta, con visión de presente y del futuro, pero sobre todo de experiencia al mismo tiempo, sobre todo según el tamaño de la urbe que se pretende dirigir, labor nada fácil en el tiempo que nos ha tocado vivir con todas las complejidades del globalismo, el creciente Gobierno Central, estatal y federal, y la madeja de regulaciones y ordenanzas que hacen de los concejos municipales verdaderas enciclopedias de detalles y minucias.

Nada, usemos el sentido común que es a veces el menos común de todos los sentidos. Cuando usted vote por su alcalde, concejal, comisionado, síndico, prefecto, regente (según sea el caso), medite, hágalo con cuidado y reflexión. Pero eso sí, se trata quizás de la elección y la decisión más importante de todas. Manos a la obra.

El autor es analista internacional

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