Luis Sánchez Sancho
Roman, Times, serif»>Y además
Parcas
Luis Sánchez Sancho
A lo largo de mi vida, en varias ocasiones y por distintas razones he estado en peligro de muerte. La última fue hace 11 años, precisamente por estos días de agosto, cuando una banda de desmovilizados del Ejército sandinista, armados hasta los dientes y encapuchados secuestró a un grupo de personas —entre las cuales me encontraba yo—, en la casa de la UNO.
Pero en ninguna de esas ocasiones “miré” el rostro de la muerte tan claro como ahora que falleció mi hermano, Efraín, sobre todo cuando tuve que retirarlo de la morgue, helado y rígido, después que le hicieron la autopsia.
“Se lo llevó la Parca, hermano”, me dijo un antiguo amigo común, esa noche, durante el velorio al darme el pésame. La expresión hizo que me vinieran a la mente las creencias de los antiguos romanos acerca de la muerte, y el mito de las Parcas, que en realidad no se “llevaban” a nadie sino que una de ellas “cortaba” el hilo de la vida de las personas.
Las Parcas (Moiras, las llamaban los griegos) eran tres deidades femeninas que nacieron en el principio de los tiempos, hijas de Nix (la Noche) y Erebo (el dios de las Tinieblas), aunque también se dice que su padre habría sido Júpiter.
Al parecer, en sus orígenes las Parcas eran divinidades de los nacimientos, y según algunos su nombre derivaba de partus (parir) o parcere (perdonar, amparar), ya que protegían la vida de las personas hasta que morían.
En todo caso, las Parcas representaban los tres grandes actos de la vida humana: nacer, vivir y morir.
La Parca del nacimiento era Cloto, joven y hermosa, vestía de azul claro, en su cabeza llevaba una corona de siete rutilantes estrellas, manejaba una rueca que bajaba del cielo y llegaba hasta la tierra. Cloto elaboraba el hilo de la vida: de cáñamo o lana ordinaria si era para la existencia de una persona pobre e infortunada, o de fina seda si se trataba de alguien rico y afortunado.
La Parca del transcurso de la vida se llamaba Laquesis, de mediana edad y aspecto maternal, vestía ropas de un suave rosado. Con el hilo que elaboraba Cloto, Laquesis tejía el destino existencial de cada persona.
Y la Parca de la muerte era Átropos, vieja, flaca y fea, vestía de negro riguroso, su rostro era pálido y lívido al mismo tiempo. Átropos tenía en una mano el libro en el que registraba el destino de cada quien, y una clepsidra (reloj de arena) con la que medía el tiempo que cada persona tenía que vivir. En la otra mano portaba la tijera con la que cortaba el hilo de la vida de aquél a quien inexorablemente le llegaba la hora de morir.
Átropos era la única Parca que tenía ayudantes, las Keres, unos animales horrendos del reino de las Tinieblas que se encargaban de atrapar a quienes se resistían a morir.
A las Parcas o Moiras se sometían no sólo los humanos sino también los dioses, hasta los más poderosos como Júpiter y Zeus. Su simbolismo es que todas las personas, ricas o pobres, opulentas o desvalidas, felices o desgraciadas, tienen señalado un destino e inevitablemente deben morir. De esto nadie, absolutamente nadie puede escapar.