Vivir en el presente: antídoto a “la peor enfermedad”

Migdonio Blandón

En un reciente artículo publicado en LA PRENSA (La vejez es la peor enfermedad) el ingeniero Uriel Cuadra dice que científicamente se ha comprobado que la vejez es una enfermedad. Con el respeto que se merece, me parece un poco exagerada su aseveración, por lo que basado en mi octogenaria experiencia, desde mi empírico punto de vista y para el consuelo de muchos, me permito hacer mis propias consideraciones al respecto.

En primer lugar creo que la vejez, aún reconociendo el desgaste celular y arterial, es más que todo un estado de ánimo, ya que éste influye en un gran porcentaje en la salud física. Pudiéndose decir que en el espíritu de cada quién se acumula el combustible que, después de Dios, le posibilita en todo sentido su existencia. Pueden también apreciarse ancianos-jóvenes y jóvenes-ancianos, sin que en ciertos casos la edad defina vejez o juventud. Por lo que si la vejez fuese como él dice, “la peor enfermedad”, es en sí una enfermedad mortal que todos sin excepción la contraemos al nacer.

Como es bien sabido, morir es consecuencia de haber nacido, pero también se sabe que la vejez no es la única causa. Ella llega de diferentes maneras y no sólo a la vejez prematura. Pero cuando a ella se llega habiéndose desviado de los principios cristianos, la angustia lleva a la desesperación.

Dios, al darnos el preciado regalo de la vida, ha querido que la vivamos a plenitud y como mortales que somos, si sus dones se utilizan bien y se saben compartir con su ayuda, se vencen múltiples vicisitudes. Se puede desde acá vivir en el reino de Jesús. Él lo ha dicho bien claro: “Mi reino no es de este mundo pero dentro de vosotros está”. Por lo que aceptándole como nuestro Señor, sin angustias se va con Él hasta la eternidad.

Desde la concepción en el vientre materno, al recibir el soplo de vida del Supremo Creador, cada persona es única e irrepetible en la diversidad. Se ha dicho con mucha razón que al nacer la criatura, se rompe el molde y no se repite. Dios misericordioso al dar la vida y la subsistencia, con el libre albedrío capacita el labrarse su destino; del que un día determinado al extinguirse la vida, se comparece ante Él a rendir cuenta de lo actuado.

Por supuesto aquí se tiene un predestinado final: para quienes hemos recibido la gracia de la fe y tratamos de vivirla, es el comienzo o la continuación de otra mejor. La fórmula para alcanzarla a cabalidad nos la ha dado Jesús, el Dios-Hombre, en el Padre Nuestro que enseñó a sus discípulos. Si analizándolo tratamos de vivirlo, aún de los peores problemas se sale avante, pues como Santa Teresa ha dicho: “Quien a Dios tiene nada le falta”.

Para quienes sufren dicha letal e incurable enfermedad se me ocurre como receta la letra de una mi vieja canción de principios de la década de los ochenta: “Del pasado la experiencia/ la mochila repleta hay que llevar/ pesares y resentimientos/ a la vera del camino hay que enterrar. No se deben restañar heridas/ con guiñapos deformes del pasado/ que entorpecen nuestras vidas/ siendo fantasmas/ de un ayer desordenado. El pasado es otra cuenta/ el presente conjuguemos/ y aprendamos plenamente/ a compartirlo con amor”.

En resumen: vivir una vida plena y como Dios manda en el presente. No en el ayer, porque su carga inútil hace trastabillar y a veces caer; tampoco obsesionarse del mañana que nadie sabe si ha de llegar. Hacer en el hoy la base positiva del mañana, al que si no se llega, a otros pueda servir, estando seguros de que el bien que aquí se hace es trascendente.

El autor es miembro de Eduquemos.

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