Ariel Montoya
La Alianza por la República (Alianza), ese enigma de la clase política nicaragüense y de la sociedad en general, no sólo de cara a su éxito o fracaso en los próximos comicios, sino también de frente a la perdurabilidad como un proyecto de futuro, sobrevivirá a las tempestades del pactismo local y a las tormentas de la contrapropaganda.
Pienso que su vigencia radica en el hecho de que las circunstancias y las raíces de las que ha surgido, toman distancia de las fallidas terceras vías, aplicando de paso la quintaesencia partidaria con pluralidad ideológica en una sola fuerza. Para que sea vigente frente a la viabilidad de la modernización política institucional, dependerá no sólo de su integridad y fortaleza como fuerza electoral, sino de la aceptación popular como proyecto inédito de nación.
En este contexto, en el que los partidos tradicionales, liberal y conservador, han estado dominados por el autoritarismo y el caudillismo, y en el cual, la otra fuerza también tradicional, la sandinista (salpicada de convergentes perdones e insurrectos espasmos castristas), la novedad del presente reside en esta nueva agrupación.
Pero no pasará a ser más que una ilusa novedad si no es capaz de enfrentarse al pacto libero-sandinista, con votos y con propuestas a corto y largo plazo. A fin de cuentas, aunque éstas se enfrenten por separado en los comicios, representan vicios naturales comunes que fueron permitiendo su surgimiento, la cual de contar con un trato de nación con los empresarios, sindicatos, intelectuales, profesionales, productores, el “centro ascendente” y disperso y la ciudadanía en general, podrá ofrecer una auténtica alternativa para la democracia.
Con la creación de la Alianza se remocionan y se dan cita, como en una distinguida oportunidad postrera que ahora se plantea como una realidad, los intentos de renovación de los partidos que la integran, y que por diversos factores no ha logrado consolidarse. Desde la virulenta creación de la Nueva Generación Conservadora, casi a mediados de los noventa, hasta llegar a la representatividad del Movimiento de Unidad Nacional, que reúne a una masa hereditariamente disidente del sandinismo, pasando por los esfuerzos del liberalismo renovador con la Gran Unidad Liberal a inicios del actual quinquenio, no es sino hasta ahora que se produce el germen para una fuerza antipacto, la cual, sumada a otras organizaciones como los partidos Social Cristiano y Movimiento Democrático Nicaragüense, conforma una iniciativa que tan sólo a finales del milenio pasado, habría resultado incluso imposible concebirla.
Este metabolismo sociológico muestra un avance significativo en el comportamiento mental de la clase política. Y para garantizar lo que hasta hoy se ha obtenido, se debe trabajar con mucha mayor voluntad, sacrificio y tenacidad en pro de las metas establecidas, buscando más y nuevos socios, a quienes, como humildad y objetivismo, hay que ofrecerles las buenas nuevas de lo mucho que una institución de esta naturaleza puede llegar a hacer en beneficio del país.
Además de la presentación creativa y realista de los programas de gobierno municipal por parte de los candidatos a alcaldes, se debe potenciar la organización nacional de la misma y generar, con estruendosa propaganda, la filosofía por la cual ésta se creó. Es necesario tomarse las plazas de las conciencias nacionales, del más olvidado campesino al más encumbrado tecnócrata, para expresar, con visión y resonancia patriótica, el rechazo a las políticas deshumanizadas que promueven la pobreza y la miseria con sus comportamientos corruptibles y dictatoriales.
Tres hechos fundamentales merecen ser tomadas en cuenta a la hora de establecer diferencias entre la tradición y la novedad ofrecida por la Alianza: la delantera en el liderazgo generacional, el ataque al pacto bicaudillista y la ruptura provinciana y medieval con los colores partidarios para correr bajo una sola bandera.
Estos antecedentes, inéditos en su cosmovisión, merecen el voto de confianza necesario para ahora demostrar con hechos la autenticidad de esta cruzada democrática. Si se logra contar con esa fuerza moral y gerencial capaz de evitar las tentaciones de los conflictos de intereses, del individualismo, la mediocridad, el enriquecimiento ilícito, la seducción del figureo, la utopía barata y la chabacanería populista, entonces sí será una realidad lo que antes se ha divisado desde las angostas ventanas de las terceras vías y los apéndices gobiernistas.
El autor es analista político.