El Lord Canciller de Inglaterra

Violeta Reyes de Padilla

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El Lord Canciller de Inglaterra


Violeta Reyes de Padilla




Hace poco terminé de leer una nueva biografía de Sir Tomás Moro, santo mártir de la Iglesia Católica, la que me dejó el deseo de compartir mi admiración profunda de este gran hombre que vivió una vida digna y ejemplar, la cual debe ser tomada en cuenta y servir de guía y modelo a los abogados, políticos —de los que es patrono— y gobernantes, como también de toda persona que quiera llevar una vida honorable en este país en el cual se han perdido los valores que poseían nuestros padres y abuelos.

Tomás Moro nació en 1477, completó sus estudios en Oxford, se recibió de abogado y ejerció su profesión con ahínco y prestigio. Gracias a ello se cimentó su posición en la sociedad. Progresivamente fue desempeñando cargos legales y políticos compaginándolos con sus intereses profesionales y sus deseos de perfección interior. Quiso ser coherente con su fe, siendo fiel a los mandamientos de Dios y a las enseñanzas de la Iglesia. Su fidelidad a su fe y al Papa le llevaron a sufrir martirio.

Moro era un estudioso y se fue empapando de la literatura griega y latina. En los tiempos libres que le dejaban sus ocupaciones profesionales se dedicaba al estudio humanístico y de los historiadores clásicos. La mayoría de sus libros fueron escritos en latín y después traducidos al inglés. La utopía de su libro más conocido, representa el ideal hacia un mundo mejor de momento inasequible.

Tomás Moro era un hombre de espíritu profundo, de una vida intensa en los sucesos de su tiempo, le tocó vivir en medio de las luchas políticas y del cisma religioso. La figura de Moro sigue siendo, a los ojos de los hombres, lo que fue en sus días a los ojos de sus contemporáneos: un excelso humanista, abogado y juez recto y prestigioso, consejero, embajador en los Países Bajos y otros lugares, hombre de gobierno y Canciller eximio de Inglaterra. Un buen hijo y modelo de padre y esposo, el mejor de los amigos y un católico prácticamente de oración diaria y frecuente recepción de los sacramentos.

Practicaba la caridad con los necesitados. Cobraba precios moderados en el ejercicio de la abogacía y procuraba que las partes litigantes se arreglaran antes de llegar a juicio para evitarles gastos. Tenía una gran vena de humor, una despejada inteligencia, un gran poder de análisis y de intuición y una excelente flexibilidad mental. Poseía recias virtudes cristianas, lealtad profesional y espíritu de servicio.

Fue amigo de los humanistas de su tiempo. A Erasmo, el más querido de sus amigos, lo ayudó monetariamente y le dio hospedaje en su casa, donde vivió varios años. Fue amigo de Hans Holbein y para ayudarle le pidió pintar a su familia. Esos retratos han quedado para la posteridad en el castillo de Windsor.

Enrique VIII convirtió a Moro en uno de sus favoritos y con frecuencia requirió su compañía para las cenas familiares y para mantener conversaciones filosóficas. Moro fue miembro del concejo privado; le fue concedido el título de Sir y fue designado presidente de la Cámara de los Comunes y luego fue nombrado Lord Canciller del Reino en 1529 y permaneció en su cargo durante tres años, al que dimitió por razones de conciencia, ya que el rey había obligado a todo el clero a reconocerlo como jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, separándose de la Iglesia Católica. El rey se sintió ofendido por la actitud de su antiguo amigo y lo hizo encarcelar. Después de dos años de prisión fue juzgado y en un juicio histórico se negó a prestar juramento de supremacía afirmando que el Parlamento inglés no tenía derecho a usurpar la autoridad papal a favor del rey. Le rogaron que aceptara lo que el rey le mandaba y él respondió: “Tengo que obedecer a lo que mi conciencia me manda y pensar en la salvación de mi alma. Eso es mucho más importante que todo lo que el mundo pueda ofrecer. No acepto esos errores del rey”. Se le dictó, entonces, sentencia de muerte. Fue decapitado el 6 de julio de 1535.

Santo Tomás Moro vivió coherente con la fe que profesaba. Su vida de oración y unión con Dios durante su vida terrena le dio la fortaleza necesaria para afrontar los sufrimientos en la cárcel y los de su familia, a la que le fueron confiscadas todas sus posesiones y, por último, soportar con serenidad su decapitación. Obedeció a su conciencia y al primer mandamiento de la Ley de Dios: amarás a Dios sobre todas la cosas. Fue declarado beato en 1886 y canonizado en 1935.

La autora es miembro de la Asociación Animu.

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