Miguel Chamorro [email protected]
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La guerra por la Suprema Corte
Miguel Chamorro R.
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Se dice que la guerra en Irak determinará el próximo Presidente de Estados Unidos en las elecciones venideras. Quizás eso sea así. Pero lo que sí es seguro es que el vencedor podrá desatar el clímax de una guerra de casi medio siglo que se viene librando en la Corte Suprema estadounidense.
Esa guerra es la denominada “guerra cultural”, la cual se libra entre conservadores y liberales y entre ateos y religiosos, sobre temas que abarcan el aborto, la eutanasia, el matrimonio, los derechos del homosexual, el papel de la religión en la política, etc.
No es un tema ahora mismo vital para el electorado estadounidense; pero el político sabe que a partir de noviembre la composición de la Suprema Corte afectará la vida social (y moral) de EE.UU. de una forma trascendental y que perdurará mucho después de que se deje de hablar de Irak.
Y es que se avecina el casi inevitable potencial para un gran cambio en la Corte. De los nueve jueces que ahora la componen, cuatro de ellos sufren de condiciones físicas y/o edad vieja. El resaltante ejemplo es el Juez Supremo William Rehnquist, de 81 años y con problemas en la rabadilla.
El hecho de que el próximo Presidente tenga, durante su mandato, la oportunidad de poner cuatro nuevos jueces en la Suprema Corte es insólito: H. W. Bush y Bill Clinton sólo lograron dos cada uno, por ejemplo, y aun así los casos controversiales continúan devengando resultados de cinco votos contra cuatro-cero sea, una “mayoridad mínima” y con opiniones y disensos confrontativos y cada vez más personales.
Sólo para ilustrar este hecho véanse, por ejemplo, las famosas opiniones del juez Scalia (católico) en el ámbito del aborto y la homosexualidad.
Si bien los puestos en la Suprema Corte son vitalicios, ninguno de los nueve quiere irse por temor a que se asigne a alguien del otro lado. El proceso de nominación y confirmación a la Corte, largo y polémico, constituye las peleas más feas en el Congreso entre demócratas y republicanos.
Pero, ¿por qué no se dedican los legisladores a establecer la ley sobre estos temas de una vez por todas? Porque la Casa Blanca y el Congreso sólo han demostrado falta de liderazgo y autoridad al respecto, y la batuta le cae a una Corte que, justamente, se le apoda “Corte imperial”.
Desde los años sesenta presidentes y congresistas han hablado esporádica y poco convincente sobre agregar una enmienda a la Constitución para aclarar el status de estos conflictivos temas, siendo el más reciente el presidente George W. Bush, al proponer una enmienda que definiría el matrimonio como una unión únicamente entre hombre y mujer.
Esa propuesta quedó en nada. Lo mismo ocurrió con enmiendas acerca del aborto. El resultado histórico es que la Corte ha tenido que opinar donde la ley es inexistente.
Ésta es la norma de la guerra cultural estadounidense: decisiones cinco-cuatro un año y cuatro-cinco el próximo, con el resultado de que litigar un caso sobre el aborto, por ejemplo, requiere un esfuerzo sobrehumano para averiguar cuál es, más o menos, la ley.
El proceso es costoso y el análisis nebuloso. Abogados y cortes de primera instancia claman por claridad sobre la jungla jurídica que ha devengado esta guerra entre ideologías.
Todo esto puede que cambie dramáticamente a partir de noviembre, aunque si ganan los demócratas podemos esperar que Rehnquist, republicano como sólo él mismo, seguirá aferrado con uñas y dientes a su puesto a espera de lo que traigan las elecciones presidenciales del 2008.
El autor es estudiante de leyes en Florida State University.