Eduardo Enríquez
Las encuestas coinciden en que los nicaragüenses sufren los efectos de un nefasto trío que los agobia. En el orden que los identifican los nicas, éstos son: el desempleo, la pobreza y la corrupción.
Para mí, el orden debería ser distinto, primero la corrupción, porque considero que ésta da origen a las otras dos situaciones.
Sin embargo, parece que el nicaragüense tiene una definición muy particular, muy limitada de lo que es corrupción.
No debemos entender corrupción sólo como el simple hecho de tomar dinero que no es de uno y embolsárselo. O como entienden otros, que el robo a las arcas del Estado es aceptable, porque es peor confiscar directamente al ciudadano.
Corrupción es eso, pero también lo es la lealtad a intereses particulares en contraposición a intereses de la comunidad, por mucho que a eso lo quieran maquillar llamándolo “lealtad” o “disciplina” al partido o al líder.
Si el funcionario, llámese magistrado, diputado, ministro o portero de una institución del Estado, usa su posición para favorecer intereses personales o partidarios, es un corrupto. Si éste no trabaja para la bienandanza de la comunidad, sino para los beneficios de su grupo, es un corrupto. Y eso es lo que hacen los funcionarios que representan los intereses del Partido Liberal Constitucionalista y del Frente Sandinista.
Pero esto, que es una verdad de Perogrullo, parece que no se procesa en la mente de los nicaragüenses. La prueba está en que el nicaragüense sabe que los funcionarios y los políticos que actúan de esa manera son corruptos, pero a la hora de votar lo hace en masa por los mismos que maldijo, con la excusa de que le da el voto al que representa “un mal menor”.
Sin embargo, no hay tal “mal menor”. Las dos opciones son lo suficientemente dañinas como para desecharlas, sobre todo ahora que se han unido, obviando cualquier diferencia ideológica, si alguna vez la hubo, para unirse con la única meta de mantener el poder y beneficiarse de él.
El poder en manos de esa camarilla de corruptos es lo que trae como consecuencia las otras dos calamidades que aquejan al nicaragüense: el desempleo y la pobreza. Esas dos entran de la mano al mismo tiempo, una vez que la corrupción les ha abierto la puerta.
Mientras el nicaragüense no se convenza de esta realidad y no busque una salida alternativa a la que ofrecen los caudillos, no saldrá de su pobreza. Desgraciadamente la solución electoral es a mediano plazo, se debe comenzar por elegir ahora en las municipales, y —más adelante— en las nacionales, a gente que esté fuera del círculo vicioso de los caudillos y que ésta se encargue de hacer las reformas necesarias para garantizar la limpieza y despartidización de los otros poderes del Estado.
El proceso es lento, pero seguro, la opción de recurrir a soluciones de facto conlleva el peligro de poner el destino del país —aunque sea brevemente— en manos de los militares. Una opción con la que pocos se sentirán cómodos.
Pero, ¡algo hay que hacer! De otra manera seguiremos siendo víctimas de la terna maldita.