Matrimonios gay, contra natura

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Matrimonios gay, contra natura





El pasado 20 de junio, el Congreso de diputados de España votó favorablemente una proposición (no de ley) del Partido Socialista, que solicitaba la equiparación legal y plena de las uniones de personas del mismo sexo, con el verdadero matrimonio. Esa iniciativa indica que el partido de gobierno está tanteando la opinión pública española sobre la aceptación o rechazo a una ley que legitime el enlace de homosexuales, apoyándose en algo más contundente y definitivo como sería una ley.

Se trata, pues, de un movimiento alarmante cuyo planteamiento se ha extendido a muchos países europeos y a ciertos Estados norteamericanos. Este tipo de iniciativa revela una grave distorsión de lo que debe ser la unión natural de una pareja, integrada por varón y mujer.

No es que se niegue a los homosexuales la privacidad y mucho menos negarles la dignidad que les corresponde como seres humanos, pues como ciudadanos tienen los mismos derechos de cualesquiera otros. Por lo demás, en cuanto pertenecen a la cultura occidental, esos ciudadanos tienen derecho a escoger y participar en la religión que escojan, si es que desean identificarse con alguna. No se trata entonces de exigir una rígida ortodoxia religiosa, sino a proceder con sensatez y congruencia.

Sin embargo, por encima de cualquier aperturismo o capricho, no se puede negar que el matrimonio sólo se puede contraer y justificarse entre personas de diferente sexo, o sea, mujer y varón. Por lo tanto, es absurdo y contra natura pretender que el Estado se entrometa o reconozca como legítimo y normal un “matrimonio” efectuado por personas del mismo género. Las razones en que se apoya la gente sensata para negar legitimidad a ese tipo de uniones, que no sólo pretende ser de hecho sino también de derecho, son de orden biológico y jurídico. En efecto, el significado unitivo y procreativo del matrimonio se fundamenta en la realidad antropológica, anatómica y fisiológica de la vocación al amor, por el que dos seres adultos se rinden mutuamente.

De esa manera, la mutua entrega de la pareja, que es complementaria, tiene por finalidad la procreación de la especie humana, cumplida en el tálamo nupcial y robustecida por la mutua aceptación que arranca y remata en el amor. Por otra parte, las vinculaciones homosexuales, al no expresar ni contener un valor antropológico fundamentado en la diversidad sexual, no tienen una finalidad auténtica. Pues es evidente que tales parejas no son capaces de engendrar hijos, ya que la cadena genética no puede realizarse ni continuarse, y mucho menos perpetrarse.

Ahora se argumenta que la sexualidad no debe necesariamente ligarse a la procreación, como puede verificarse con el control de la natalidad y la fecundación realizada artificialmente en laboratorios con todo un proceso delicado y excepcional que sólo los expertos pueden conducir.

Ese tipo de argumento olvida que ese tipo de manipulaciones puede derivar en una deshumanización de la vida, al contrario de las legítimas relaciones conyugales en las que impera el sentimiento, la atracción interpersonal biológicamente sustentada en la unión de los géneros contrarios, cada uno con funciones diferentes aunque necesarias para perfeccionarse.

Por otra parte, la historia universal no guarda ningún registro de que las relaciones homosexuales hayan recibido reconocimiento jurídico a ese tipo de “enlace”. Si el Estado se decide a entrometerse legalizando ese tipo de unión entre personas del mismo sexo, la institución legítima del matrimonio quedaría profundamente distorsionada y dañada. Como lo dijo con mucha propiedad y oportunidad la Conferencia Episcopal española, “fabricar moneda falsa es devaluar la verdadera y poner en peligro todo el sistema socioeconómico”. De forma similar, volver idénticas las uniones homosexuales con los verdaderos matrimonios, es introducir un peligroso elemento de disolución del orden social.

Felizmente en el mundo latino esa equiparación aberrada del matrimonio tradicional y verdadero con la caricatura de un enlace jurídico entre homosexuales, ha recibido un frontal rechazo. Si esta vez abordamos este escabroso tema es porque creemos que la mejor manera de tratarlo es ventilarlo abiertamente, para que gente mal informadas no sea engañada haciéndole creer que la idea de matrimonios entre gay es una expresión de libertad, modernizante y liberadora, cuando en verdad es decadente y disociadora.

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