Uriel Cuadra Argüello
l día de hoy la ciencia ha comprobado que la vejez es una enfermedad. No es reversible. Las arterias se maltratan, la piel se arruga, los músculos se vuelven flácidos, y sólo el codo se mantiene duro. Todo pierde su condición anterior, y en el color del pelo aparecen las nieves del invierno, aunque vivas en el trópico. Fuera de lo antes descrito, hay un sinnúmero de problemas internos que faltaría espacio para describirlos y haría cansado a los lectores el presente artículo. ¡Da tristeza!
Las posibilidades de vida siguen aumentando, la ciencia a través de medicamentos, operaciones y otros factores prolonga la existencia en el planeta. Recordamos que en tiempos de la conquista la vida ni siquiera llegaba a los cincuenta años, pocos ancianos de los que formaban el consejo de ancianos de éstos, no pasaban de los cincuenta, y en casos muy especiales un poquito más. Por ello y su saber acumulado a través de su experiencia, eran elegidos en el saber al integrar esta forma directora entre las tribus. Eran unas bibliotecas humanas por las que se regía la comunidad indígena. Para el resto de los indígenas éstos eran sabios, pues resolvían cualquier problema, menos detener la vejez.
Además de presentar formas descompuestas por el tiempo, un viejo siempre impresionará, prueba de ello fue lo que le sucedió a Buda (Sidharta Gehutama). Este príncipe era millonario, y como tal vivía en un palacio, rodeado de todo lo que existía, además de miles de bellas mujeres, no le faltaba nada, y no conocía el dolor ni la tristeza. Un día quiso salir al pueblo y su padre mandó engalanar las calles y las casas para que no mirara algo que pudiera perturbar su feliz vida, ya que no conocía las formas físicas que pudieran perturbarlo, lo cual maltrataría su cerebro, regado sólo por la visiones a que estaba acostumbrado en su eterno paraíso. De esta forma inició y prosiguió su caminante entrada al pequeño pueblo, en el cual pudo apreciar unas casas que él jamás había visto, gente con vestidos sucios, a medio cortar el pelo, descalzos o con caites mal ajustados, etc. Su sorpresa fue tal que este panorama haría cambiar su vida. Tenía en ese entonces un poco más de veinte años, así es que razonaría lo bastante acortado, y como dijimos en un principio, vio un ser humano con la espalda encorvada por la edad, su pelo gris y escaso, mostrando un rostro arrugado, los ojos enrojecidos, le temblaban las manos, y con paso inseguro, a pesar de ir apoyado a un bastón, su tercer pie. El príncipe Buda preguntó a Chandaka (su amigo, su sirviente) que le acompañaba. ¿Quién es ese hombre? Su cabello no se parece al tuyo ni al mío, sus ojos carecen de luz y su caminar es extraño o inseguro. Señor, contestó Chandaka, tienes delante de ti a un pobre anciano. Se encuentra así debido al efecto que causa el paso del tiempo en todos los nacidos, el cual es mayor si no se alimenta bien, no se guarece del sol ni del frío y su posada es el campo, donde ya cansado de caminar y pedir ayuda, se acuesta en el suelo. Todo ello son las aflicciones de su edad avanzada.
¡Todo por servir se acaba! El cuerpo se llena de dolores, los sentidos se debilitan. Cuando el príncipe escuchó, quedó confundido y asustado. Pidió regresar al palacio donde meditó largamente. Su pensamiento voló en el tiempo y la distancia, abandonando el siglo que vivía y llegó veloz a nuestra época para darnos nuestra propia filosofía, la cual es que la vejez es la peor enfermedad. ¡Cuídate! Pide a Dios te ayude en este tiempo que te espera.
El autor es ingeniero