El 25 aniversario de la matanza de Granada

Lissette Rivas Morales*

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El 25 aniversario de la matanza de Granada


Lissette Rivas Morales*




Aunque desconozco la fecha exacta, sé que fue en julio de 1979 cuando en Granada, después del triunfo sandinista, se realizó una “impresionante cacería humana” como la describió Ismael Reyes M. en el periódico La Prensa Libre, de Costa Rica, del viernes 12 de septiembre de 1980. En ese texto se narra cómo encarcelaron a centenares de personas y asesinaron a más de trescientos prisioneros, entre ellos, mi padre, el doctor César Rivas Guillén, médico gineco-obstetra graduado en la Universidad de Sevilla y destacado profesionista, cuyo pecado fue haber pertenecido al Partido Liberal.

En su reportaje Granada: del júbilo al terror, Reyes lo describe como un hombre de una enorme capacidad de servicio a sus semejantes, de reconocida honestidad personal y profesional. Pero el odio prevaleció después del triunfo sandinista. Y a pesar de que en Granada no se vivió la contienda bélica como en otras ciudades, muchos granadinos fueron encarcelados y asesinados sin haber tenido siquiera un juicio en el que pudieran defenderse. A medianoche un soldado sandinista abrió la celda en la que se encontraban hacinados muchos prisioneros y dijo en voz alta: “Los compañeros que a continuación voy a nombrar deben salir inmediatamente de esta celda porque van a ser deportados a Miami”. Leyó los nombres de los doctores César Rivas, Francisco Mayorga y David Salvador Argüello; del profesor Bismarck Rodríguez y de los señores Alberto Barillas Chamorro, Vicente Cuadra Chamorro, Ezequiel Zavala, Max Cordonero y su esposa.

Fueron trasladados en camión al camino que conduce a Los Malacos, custodiados por diez soldados sandinistas. A medio camino, el “camión de la muerte” como lo llama Ismael Reyes, se detuvo. Al primero que bajaron fue al doctor Rivas. Fue torturado salvajemente en presencia de las demás víctimas. Después de recibir una ráfaga de ametralladora y estando en el suelo, balbuciente y convertida su boca en un manantial de sangre, pudo preguntar a sus verdugos: ¿por qué? Ese “¿por qué?” fue su última palabra y estremeció la conciencia de Horacio Escobar, miembro del pelotón asesino, quien solicitó al jefe de los sandinistas detener las torturas y los “ajusticiamientos”. Escobar refirió al periodista Ismael Reyes que el jefe de la escuadra de la muerte se limitó a contestar secamente: “Cumplimos órdenes superiores”, y continuaron con la cruel matanza.

Mi padre tuvo la oportunidad de salir del país; sin embargo tenía su conciencia tranquila, amaba a su Patria y la tierra que lo vio nacer. Por ese motivo no acompañó a su familia a la Embajada de España, quería seguir viviendo en Nicaragua y jamás se imaginó su trágico fin. Era un buen hijo, un padre amoroso, amigo fiel y excelente profesional, pero sobre todo un hombre íntegro, cabal. Disfrutábamos con él cada uno de sus ratos libres, practicando algún deporte, conversando o simplemente recitándole algunas poesías que tanto le gustaban.

No soy yo quien deba juzgar a sus asesinos, quiero recalcar que no los odio, no puede albergar odio en mi corazón porque no fue eso lo que me enseñó mi padre. Solamente sé que las personas que participaron en esos asesinatos decidieron llevar a cuestas ese pesado paquete y continuarán con él hasta que la tierra los reclame.

A 25 años de la muerte del doctor César Rivas Guillén ruego a Dios por el alma de mi padre y sé que muchos de sus amigos y personas que lo apreciaron en vida lo siguen recordando con mucho cariño. ¡Qué descanse en paz!

* La autora es Licenciada en Enfermería y Obstetricia

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