Sin competencia no puede haber productividad

Ricardo Medina Macías*

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Sin competencia no puede haber productividad


Ricardo Medina Macías*




Ciudad de México (AIPE)- Dada la estabilidad macroeconómica —que nunca puede darse por definitiva e irreversiblemente alcanzada—, la tarea urgente es remover todos los obstáculos a la libre competencia y lograr así saltar a la productividad. El más eficaz combustible para salir del subdesarrollo se llama competencia. Ahí donde se han removido los obstáculos a la competencia —y por ello las distorsiones a una asignación eficiente de los recursos— hay una mayor productividad y aumentan rápidamente los ingresos por persona ocupada.

El problema es detectar cuáles son las políticas públicas que distorsionan la competencia en el mercado, y denunciarlas. Todos los días en distintos países políticos, medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales, burocracias públicas y privadas pugnan por sostener o incrementar políticas que distorsionan la competencia. Lo hacen, desde luego, amparados en los mejores propósitos, como “proteger a grupos vulnerables”, “estimular a la industria nacional”, “preservar la soberanía”, “garantizar la calidad de vida”, “corregir los excesos del libre mercado y de la globalización”…

En la práctica esas políticas públicas contribuyen a perpetuar la pobreza y a incrementar la distancia entre países pobres y ricos, entre pequeñas y grandes empresas, entre prosperidad y pobreza. En la India, casi un millar de actividades manufactureras no sólo están vedadas a la inversión extranjera, sino a las grandes empresas. Se trata de una garantía de pobreza. En España, los socialistas pugnan por prohibir la apertura de comercios durante los domingos. Es una excelente receta para que el comercio minorista en España sea más caro para los consumidores y mucho menos competitivo. Es también un excelente camino para aumentar el desempleo y ahuyentar la inversión. En el proceso unos cuantos comerciantes se garantizan un mercado cautivo con rentas extraordinarias. En Japón, y en contraste con la productividad que alcanzó hace años la manufactura de automóviles —y que los fabricantes estadounidenses no han tenido más remedio que copiar, ante el imperativo de la competencia—, el comercio minorista no alcanza ni el 50 por ciento de la productividad que tiene en Estados Unidos porque se protege a las pequeñas tienditas tradicionales e ineficientes.

En Francia, la gran conquista social burocrática de la semana laboral de 35 horas ha generado mayor desempleo y ha derrumbado los restos de competitividad de la economía francesa frente a la prosperidad de la economía estadounidense. En un fascinante libro, The Power of Productivity (University of Chicago Press, 2004), William W. Lewis, director del Instituto Global McKinsey, consultora internacional, lo dice en unas cuantas palabras: “Si las condiciones del mercado favorecen a los competidores menos productivos, entonces los innovadores no pueden expandirse y el crecimiento de la productividad se hace más lento. Una y otra vez encontramos (en el mundo) mercados en los cuales los innovadores más productivos son excluidos y donde las empresas menos productivas son favorecidas”.

¿Lloramos o nos vamos?

* El autor es analista político mexicano.

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