Los amores que matan

Antonio F. Lourenço*

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Los amores que matan


Antonio F. Lourenço*




Empezaré este artículo con una pregunta: ¿Qué piensa el lector?

Si nos encerramos en una biblioteca y consultamos su contenido, encontraremos un sinnúmero de obras literarias, artículos, noticias, etc., dedicados al amor y al odio, y más fácilmente, lo constataremos si navegamos en la red de Internet.

Cuando leemos el diario en la mañana, o cuando prendemos el radio o el televisor, las historias de amor y odio dominan los espacios radiales y televisivos —amor y odio han sido temas e inspiración de novelas, obras teatrales, obras musicales y son la trama de prácticamente todas las tele y radionovelas—. Aunque el insigne hombre de letras brasileño Paulo Coelho (A orillas del río Piedra, me senté y lloré) escribe: “las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo”, ello no significa que el amor impere en el mundo más que el odio. El periodista y escritor francés Guy Breton plasmó en trece nutridos volúmenes Las historias de amor de la historia de Francia y, sin duda, muchos de los secretos de la historia de Francia me fueron revelados a través de esas historias, las que muy raramente eran sólo historias de amor. Tal como en la guerra de griegos contra troyanos, la motivación de esa epopeya parece haber sido el amor. Se puede ver bien claramente que el amor fue una excusa para descargar todo el odio, y éste fue el motor de la guerra, o por lo menos, el necesario combustible.

¿Empero, cuál de estas emociones, o las acciones que las acompañan, reciben mayor publicidad, el amor o el odio? Sin duda que son muy raras las historias de amor sin que el odio no esté presente, y que el odio predomine en la mayor parte de las historias hechas públicas, no es tampoco nada nuevo. Aunque algunas guerras y otras contiendas parecen a veces tener una motivación amorosa y altruista, tenemos que admitir que toda la destrucción y sinsabores que siguen, se deben al odio. Algunos estudiosos consideran que el odio es tan fuerte y destructivo, que un segundo de odio puede opacar y descalificar una historia de años de amor. Siendo el odio tan poderoso, y teniendo una conexión tan obvia con el amor, muchas personas desconfían de las manifestaciones de amor altruistas, con miedo que el aparente amor y desinteresado altruismo no sean más que una carnada o trampa. El pueblo dice que “hay amores que matan”, pero lo que probablemente mata no es el amor como tal sino el odio que, agazapado, espera su oportunidad de dar el zarpazo.

¡Pareciera que la gente se siente menos vulnerable cuando odia que cuando ama, cuando destila odio en vez de amor! Cabe preguntar: ¿por qué sucede esto? “¡Hay que mantenerse a la defensiva!”, claman algunos y hay muchos que reclaman: «¡no me ayude —o no me quiera tanto— compadre!» Pudiera ser que el miedo a la rendición, a sentirse o ser percibido como débil al sentir, expresar o mostrar amor, sea lo que lleva a los seres humanos —y quizás los no-humanos también— a vivir a la defensiva o actuar en forma hostil. En todo caso, me parece de muy mal gusto el preferir sentir odio, resentimiento, hostilidad, venganza, en vez de amor, tranquilidad, paz, amistad, tolerancia. ¿Tendrá algún sentido que algunas personas puedan mantenerse resentidas toda una vida, muchas veces por motivos que la razón ni sancionaría?

¿Entonces: ¿ qué opciones tenemos? ¿debemos amar u odiar? Como seres que alardeamos de ser inteligentes y los reyes de la creación, poseedores de libre albedrío, lo lógico pensar es que sí, tenemos la opción de escoger entre amar y odiar. Entre la guerra y la paz hay una abismal diferencia y pienso que es extremamente insano preferir la guerra a la paz, lo que equivaldría a preferir el odio al amor.

Y, para concluir, recordemos —y demos crédito— a otro viejo dicho: ¡Amor y cariño todo lo pueden!

* El autor es catedrático de Psicología de la Universidad Ave Maria College, San Marcos, Carazo, Nicaragua y neuro-psiquiatra de niños y adultos Diplomado de los Boards de Francia y EE.UU.

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