Fahrenheit 9/11: una peligrosa arma de varios filos

Franklin Caldera*

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Fahrenheit 9/11: una peligrosa arma de varios filos


Franklin Caldera*




Fahrenheit 9/11, la diatriba contra el presidente George W. Bush tramada por Michael Moore (ganador del Oscar por Bowling with Columbine), es un documental de compaginación de tomas de archivo que incluye entrevistas y secuencias filmadas por Moore. Se trata de un trabajo de investigación periodística, sumamente hábil pero sin la vocación estética de documentales como El hombre de la cámara del soviético Dziga Vertov o El testimonio ecologista Koyaanisqatsi de G. Reggio.

Ante un filme como Fahrenheit 9/11, no cabe más que el análisis de contenido. El que se trate de una obra tendenciosa y especulativa, no le quita su naturaleza de documental, pues este tipo de cine permite al cineasta, mediante el montaje selectivo y los comentarios en off, expresar sus propias ideas y opiniones (los términos cine documental y objetividad no son sinónimos).

El plano inicial (la pantalla en negro con el ruido de los motores de un avión y un estallido final) marca la tónica del filme: un recorrido artificioso y accidentado, destinado a crear simpatías/antipatías políticas, con momentos de intenso dramatismo.

La primera parte tiene el propósito de ridiculizar a Bush, y sirve de relajamiento previo a las escenas desgarradoras de la invasión en Irak. Lo más relevante de esta primera parte es el millaje que saca el cineasta de los siete minutos que pasó Bush paralizado ante los alumnos de una escuela elemental de la Florida el 11 de septiembre de 2001, cuando Andrew Card, Jefe del Estado Mayor, le susurró al oído que el país acababa de ser agredido.

Esta primera parte demuestra la habilidad de Moore como manipulador, al mezclar imágenes y datos en forma tal que inducen al espectador a sacar conclusiones erróneas. Por ejemplo, los contactos de los Bush con la familia Bin Laden en el pasado, a través de las relaciones de ambas familias con el Grupo Carlyle, firma de inversiones en la industria de la defensa nacional, no tienen nada de sorprendente al ser Arabia Saudita uno de los principales países exportadores de petróleo y los Bin Laden, inversionistas acaudalados de ese país (sin lazos con las actividades terroristas de Osama).

Pero Moore despliega esta información de forma tan vertiginosa y desordenada, que muchos espectadores podrán imaginar siniestras conexiones entre los Bush y grupos terroristas, cosa que, dicho sea de paso, Moore no ha insinuado. Los comentarios sobre la supuesta negligencia del procurador general del Estado, John Ashcroft, en la lucha contra el terrorismo antes del ataque a las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, tienen algún fundamento, pero nadie pudo haber previsto ni evitado dicho ataque (planeado por un grupo compartimentado sin recurrir a la alta tecnología), a menos que uno de los involucrados hubiese delatado el complot.

Contrario a lo que podría pensarse, Moore no marcha a contracorriente al atacar frontalmente una de las guerras más impopulares de la historia contemporánea (fuera y dentro de Estados Unidos). Es verdad que de cualquier guerra, incluso las más justificadas, se pueden extraer imágenes de soldados y civiles muertos o mutilados por ambos bandos. Pero, la gran efectividad del filme (premiado en Cannes) como pieza de propaganda política se debe a que sus imágenes pertenecen a una aventura bélica descabellada y trágica que implica un profundo desconocimiento del panorama mundial (las guerras de Corea y Vietnam tenían cierta lógica dentro de la política de contención de EE.UU. frente al expansionismo soviético).

Los planteamientos de Moore obedecen a una perspectiva izquierdista de oposición sistemática a las políticas estadounidenses. Pero no hay que ser de izquierda o enemigo de Bush para rechazar la invasión en Irak: incluso miembros del Partido Republicano están conscientes de que se trató de un trágico error (si se le puede llamar así) y su costo para EE.UU., en términos de recursos, vidas e imagen a escala internacional, es incalculable. Bush les dio a los enemigos de su país el caballo de batalla que no habían tenido desde el colapso del comunismo europeo.

El actor Jack Lemmon comentó hace años que sólo en Estados Unidos se pudo haber hecho una película como JFK de Oliver Stone (en la que Lemmon tuvo un papel secundario), la cual, tejiendo hipótesis alrededor de la muerte del presidente Kennedy, atacó abiertamente a la clase dirigente de ese país (generando al mismo tiempo, cientos de millones de dólares en taquilla). Cuando Fahrenheit 9/11 (que tiene puntos en común con el filme de Stone) fue exhibido en Cuba, algunos jóvenes entrevistados al salir de la función manifestaron su asombro ante el grado de libertad de expresión que hay en EE.UU. En Cuba, una película contra Castro sería impensable.

Moore es defensor incondicional de Fidel y después de 45 años de dictadura sigue llamando a los exiliados cubanos “batistianos”. Afirma que los opositores a un gobierno deben permanecer en sus respectivos países combatiendo la opresión; pero una cosa es desafiar al gobierno en un país donde hacerlo puede acarrear el ostracismo, la cárcel o algo peor, y otra en países como EE.UU., donde las posiciones antigubernamentales pueden resultar un negocio redondo, tan redondo y voluminoso como el propio Moore.

Así como la controversia sobre el supuesto antisemitismo de La pasión de Cristo, de Mel Gibson, fomentó el interés en ese filme, la negativa de Disney de distribuir Fahrenheit 9/11 (producido por su filial Miramax), lo convirtió en noticia de primera plana. De la forma como Moore maneje su éxito sin precedentes en el cine documental (más de cien millones de dólares), dependerá su futuro como cineasta. Pero de algo estoy seguro, ni Moore ni Oliver Stone podrán decir jamás (parafraseando al poeta Ernesto Mejía Sánchez): “El capitalismo está sentenciado… ¡y nosotros sin haberlo gozado!”

* El autor es crítico de cine

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