Angélica Martínez R.*
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Carta abierta a esos antipáticos, compañeros de trabajo
Angélica Martínez R.*
Querido antipático estás igual que todos los días, esa nubecita negra no te abandona. Te levantaste de la cama peleando con tu despertador, pasaste a la cocina y actuaste de la misma forma con todo lo que se puso a tu paso —ya no tenés tazas donde beber café, porque las has roto todas—.
Vivís solo, porque no existe santo que aguante tus pataletas diarias.
Aunque el sol brille afuera esplendorosamente, para vos todo es gris, pero no contento con que tus días sean fúnebres hacés lo posible para que a los demás se les agríen también.
Todos llegan a la oficina de lo más contento, silbando y saludando a todo el mundo cuando de pronto se topan con vos: el especialista en amargar los días de todos. No tiene que ser, necesariamente, el jefe a quien estoy describiendo. Puede ser el que cuida la puerta, la que sirve el café, la secretaria o tu compañero de oficina…, incluso puedo estar hablando de mí misma.
Sí, no te sorprendás. Yo también he sucumbido ante el llamado de la histeria. Cualquiera puede tener días malos, el problema con vos es que todos tus días son así.
En todas las empresas hay uno como vos. Es fácil identificarte, porque te especializás en poner de mal humor a todo el mundo. De tu boca sólo salen frases de crítica para el trabajo, la vida y la forma de pensar, sentir o ser de los demás.
Cualquier cosa que digás será en forma de sarcasmo o ironía, rayando en la crueldad. Según los sicólogos vos sos el tipo de persona que busca llamar la atención, estás pidiendo a gritos que se fijen en vos, pero no te das cuenta que tu actitud más bien aleja a los demás.
Los mismos sicólogos sugieren que el arma más poderosa contra este tipo de sujetos es y siempre será: la amabilidad. Siempre y cuando el carácter de las personas que te rodean se los permita sin que les salga una úlcera o se adelanten y te den un tiro primero.
Poner la otra mejilla al mejor estilo que enseñó Jesucristo sería la actitud más correcta a seguir, pero seamos francos, nadie, excepto Él, tiene suficiente paciencia para aguantarte. Así que el plan B consiste en ignorarte.
Sí. Parece cuento, pero lo cierto es que duele más no ser correspondido, aunque sea con una frase igual de hiriente a la que me dijiste.
La próxima vez que me provoqués en la calle, cuando haga la fila del Súper, en la oficina, el mercado, el restaurante o el lugar donde vos, opacador de días soleados, te encontrés, voy a dejarte hablando solo. Por cierto, ésta es la única carta que vas a recibir.
Tal vez así entendás el mensaje. Incluso si yo estoy en ese terrible sitio lanzando improperios contra el mundo (que nada me ha hecho), recordame esta carta que te escribí con tanto cariño.
Saludos de tu mejor amiga:
Amabilidad
Postdata: cada ser humano tiene la capacidad de ser mejor cada día. Si cada uno se preocupa por tener un gesto amable con alguien todos los días, el mundo será mejor.
* La autora es periodista