- Una joven de Ticuantepe asegura sanar en nombre de Dios
Fabián Medina
Un centenar de personas se apretujan en la pequeña casa de doña Esperanza Umaña, en La Borgoña, Ticuantepe. Confundida entre la muchedumbre, una fila caracolea en el corredor, y al final de ella, o al comienzo según se vea, sentada en una silla abuelita, Eveling Umaña, 20 años, sostiene con sus manos la cabeza de un niño. Tiembla. Murmura algo y, finalmente, lo libera para que su madre lo recoja complacida.
Dice estar representando a Jesús en la tierra desde el miércoles 4 de agosto. Antes de eso era una muchacha casi normal, que llevaba su quinto año de bachillerato en el Instituto de Ticuantepe, a la que no se le conocía novio, y sí es cierto que iba con frecuencia a misa, pero tampoco era “iglesiera”.
Su madre, doña Esperanza Umaña, de 41 años, dice que desde hace dos años la muchacha empezó a presentar problemas. Se desmayaba sin causa aparente. El 11 de julio pasado sufrió una crisis. Temblaba y se desmayaba. La trajeron al hospital siquiátrico de Managua, y una doctora le dijo que eran “nervios”. No conforme, doña Esperanza llevó a su hija con el médico naturista de La Sabanita, Jesús Mercado, y éste hizo el mismo diagnóstico: “Son nervios”. Y le recetó masajes y té de valeriana y altamiz.
Eveling se recuperó y hasta fue esa semana a clase, relata la madre. Y así estaba hasta el miércoles en que ella comenzó a temblar de nuevo en la madrugada. Para a las 9:00 de la mañana cantaba himnos religiosos y poco después hablaba unas palabras y una voz que nadie le conocía. “Era como de hombre”, dice doña Esperanza. Desde ese día, dice representar a Jesucristo y en su nombre hace milagros.
—¡Gracias padrecito lindo por este regalo! ¡No somos dignos!— llora una mujer, mientras contempla a Eveling que sigue atendiendo de uno en uno a los que esperan en fila por su milagro.
Atrás, entre la muchedumbre que atiborra el corredor, un sacerdote anglicano ora, y otra señora pide a gritos que salga la gente del corredor, y que se ordene la fila.
Amada Umaña, una jovencita de 16 años que viste uniforme escolar, dice sentirse dichosa de que su prima y compañera del grupo de clases haya sido escogida por Dios para representarlo.
“Nos sentimos dichosos. No nos asusta. Fue Dios quien escogió a Eveling”, repite segura, rodeada de los que llama los amigos más cercanos de la muchacha. De ella dice que era una joven tímida, incapaz de hablar en público, y que jamás había estudiado la Biblia para hablar con tanta propiedad como lo hace ahora.
A tres kilómetros de la casa de doña Esperanza, el padre Eddy Rojas, párroco de la Iglesia de Ticuantepe, se acomoda el cuello de sacerdote, y pide ser prudente. “La debe valorar un médico, un sicólogo y uno o dos sacerdotes entendidos en estos asuntos delicados”, dice.
Él mismo fue a visitar a la muchacha y hoy le informará del caso de La Borgoña al cardenal Obando, cuando se reúna con él.
“No podemos decir si es verdad o mentira. El tiempo se encargará de descifrar las cosas”, sentencia, mientras termina de acomodarse el cuello que al parecer lo está sofocando.