Mario Ruiz Castillo
La tradición es algo que identifica y atrae. Cuando se habla de mariachis inmediatamente se evoca a México; si se escuchan valses se recuerda a Viena; con la guitarra a España; la marimba hace pensar en Centroamérica.
Los nicaragüenses tenemos Palo de Mayo, marimba, mazurcas, valses. Cada nación tiene algo que ofrecer y las que no tienen, adaptan las que les conviene y lo aceptan como propio. La navidad se celebra en muchos rincones del mundo con el famoso árbol de navidad; el coloso del norte celebra el Día de Acción de Gracias y así sucesivamente.
El pueblo que conserva sus tradiciones es más unido, tiene raíces que son difíciles de arrancar y romper y es admirado por su autenticidad, individualidad y su propia identidad.
Los pueblos que olvidan sus tradiciones, necesariamente tienen que adaptar las de otros pueblos, muchas veces completamente diferentes a las de ellos, exponiéndose no sólo a las consecuencias de la mala aplicación de una costumbre o hábito, sino a comportamientos que quizás no sean los mejores para la sociedad en general, ni representan la realidad ni aspiraciones de la población en general.
Cada pueblo pierde, por influencia de la masificación de los medios de comunicación, muchas de sus sanas tradiciones y las va reemplazando por otras ajenas completamente, que no implican sólo nuevas formas de vida sino, muchas veces, una presión de conductas fuera del alcance económico medio.
Día a día nos encontramos con nuevos comportamientos sociales producto de la imitación, por influencia del cine, televisión y contacto con otras culturas. Muchos de los nuevos comportamientos y usos, son buenos y nos permiten nuevas experiencias y enseñanzas acordes con el tiempo que vivimos.
Hay también costumbres que no deberíamos copiar, ni siquiera intentarlo por ser totalmente ajenas a nuestro entorno, que nos muestran culturas decadentes, o lo peor de una sociedad determinada. Deberíamos imitar lo bueno y desechar lo malo, nos fascina y tendemos a lo nuevo, lo facineroso, extravagante y poco convencional.
La tradición enorgullece a los pueblos cuando representan cualidades ancestrales, que de una u otra manera causan admiración; aquélla que fomenta el aseo, la solidaridad, la Purísima, la celebración de fiestas patronales, trajes, comidas, fiestas regionales que son de grata recordación y festejo.
Hay, sin embargo, tradiciones que deben desterrarse por completo por su contraposición a la higiene, la salud y las buenas costumbres, como el “agua de ángel” y la “chicha de las siete quebradas” que representan usos que desafían el aseo y ponen en peligro la salud de las personas que practican dichos ritos. Para el que no está al día con dichos usos, éstos consisten en beber el agua en donde se ha bañado un niño muerto, y la chicha, el agua con que se elabora, es la que ha usado para lavarse el que la prepara.
Demás está decir que son una cochinada, antihigiénicas y atentatorias contra la salud pública, por lo que quienes las practiquen deberían ser sancionados tanto en la vía administrativa como judicial. En cuanto a los medios de comunicación que propagan y difunden tales prácticas, deberían procurar utilizar el espacio para condenar y advertir al público de las consecuencias funestas de esas tradiciones que deberán ser desechadas por ser indeseables.
El autor es abogado.