Ambición que ciega

Nina Lucas de Tenorio

Fue un domingo de compras con un fatal desenlace. Ahí están los hechos y las evidencias; los testigos que coinciden con la orden dada de impedir la salida, para que no se fueran sin pagar mientras el supermercado se encontraba en llamas… Y como decía una entrevistada, compungida: “Para ellos… la vida es nada”.

La gente, queriendo salir y la desesperación de sentir sus cuerpos arder como un carbón encendido, la experiencia del mismo infierno, la muerte angustiante por asfixia; gritos desgarradores de quienes no quieren morir, lamentos que no fueron escuchados; y las puertas fueron cerradas al mismo tiempo que se cerraban unos corazones insensibles. ¿Cómo no hacer algo para salvar esas vidas? Pero preferían salvar su dinero que para ellos es su vida, su dios, su becerro de oro el cual idolatran; y la ambición los cegó para no ver la nefasta injusticia que estaban cometiendo.

¿Qué necesidad de cuidar unos centavos, si era inminente que todo quedaría en cenizas? Y lo que es más cruel saber que el establecimiento estaba asegurado contra un saqueo… se cegaron y al hacer el daño a otros se hicieron aún más daño a sí mismos; y si la justicia humana prevalece, ahora les será más caro esa cruel decisión.

Estos hechos siempre deben dejarnos tema para conversar y para meditar: ¿en qué mundo salvaje estamos? Una humanidad metalizada y deshumanizada. Es indigno lo que el ser humano hace por ambición y amor desenfrenado al dinero: miente, traiciona, roba, toma decisiones sin medir consecuencias, tira al traste sus valores y sus principios; se calla ante la injusticia, vende su conciencia por un trozo de pan que termina arrebatando al desvalido de su boca; luego lo humilla y rechaza por pobre, cuando él es la causa de su pobreza; pero ese pan mal habido podrá en apariencia ser sabroso al paladar, total no cuesta nada, pero al final se les llena la boca de arena y se quedan vacíos sin poder lograr saciar su hambre de querer más, en una ambición que nunca se termina.

Quizás la venda que tapó sus ojos para no ver las calamidades del otro haya sido su afán de lujo desmedido y su desprecio a los demás; y como resultado trescientas personas carbonizadas y asfixiadas; alguno que otro no iba a salvarse aún con las puertas abiertas. No obstante, la cifra de muertos hubiese sido menos. Y una tan sola vida humana tiene su propia dignidad por ser persona y no se compara ni con todo el oro del mundo; ni será menos valiosa que una pinche cuenta de supermercado.

La autora es máster en psicopedagogía.

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