Camerata y su ejemplo

Douglas Carcache

Cuando se habla de espectáculos de música clásica, sobra en Nicaragua quien diga, de mala gana: “Eso no pega aquí”. Sin embargo la Camerata Bach ha venido demostrando lo contrario. No lo digo sólo por el concierto exitoso Hollywood Forever, que hicieron la semana pasada en el Teatro Nacional Rubén Darío, sino por el hecho de vivir doce años remando contra la corriente y avanzando.

Supongo que cuando estos músicos jóvenes y académicos crearon su Camerata, en medio de la tensión económica de principios de la década del noventa, pocos de sus espectadores habrían apostado a que el grupo sobreviviría al menos diez años. Aunque su calidad fuera indiscutible, la permanencia en los escenarios dependía también de tener un público constante, cautivo como suelen decir los mercadólogos.

Había terminado una década, la de los ochenta, en que el Estado fue mecenas de los artistas; y entrábamos a otra década en que sólo sobrevivirían los mejores o los que más vendieran, discos, obras o boletos para sus presentaciones. El Estado había dejado de ser mecenas, pero también dejaba de invertir en educación artística que es algo distinto de lo primero y que sí vale la pena sostener porque el adiestramiento conlleva a la transformación de la sociedad, al crecimiento intelectual.

Una cosa es destinar una partida para garantizarle un salario a todos los músicos del país, independiente de su calidad y su esfuerzo; y otra, crear escuelas de arte e incluir estas disciplinas en la educación básica de las escuelas públicas, para que la mayoría de los niños tengan acceso a la cultura y que, al margen de si poseen o no alguna vocación artística, se les vuelva más familiar el sonido de una flauta dulce que el de una bala.

Creo que a esta educación es a la que ha apostado la Camerata Bach durante sus doce años de vida. Atrajeron al público cautivo que ya tenía la música clásica en el país y empezaron a cultivar un nuevo público, entre los niños, los jóvenes y los adultos; rescatando además villancicos, cánticos de purísima y valses de compositores nacionales.

Me contaba Ramón Rodríguez, el director de la Camerata, que cuando han hecho conciertos públicos en ciudades y poblados del interior de Nicaragua, la gente acude con gusto a escucharlos. Es mentira, entonces, que a los nicaragüenses sólo nos gusta la música comercial que más suena en las emisoras de radio. Quizás es la que más tarareamos porque es la que más oímos o con la que celebramos las fiestas, pero cuando tenemos la oportunidad de escuchar algo distinto también lo valoramos, pero al fin esto es un asunto de hábito y conocimiento.

Habría que educar entonces, en las artes musicales, a los niños que ahora están en las escuelas, públicas y privadas, para que surjan allí los relevos de los músicos más talentosos y los ciudadanos que disfrutarán de las nuevas creaciones desde las butacas del teatro.

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