Las Olimpiadas en la antigua Grecia

Leonel Arana

Las Olimpiadas empezaron a celebrarse en la antigua Grecia alrededor del año 776 antes de Cristo y perduraron por casi 12 siglos, hasta cerca del año 400 de nuestra época, cuando ya sometida la nación helena, la antigua Helas, al imperio romano y capturado éste por el cristianismo, los emperadores cristianos de Roma las prohibieron aduciendo que eran un festival pagano.

Durante todo este tiempo se celebraron ininterrumpidamente cada cuatro años, es decir hubo cerca de 500 Juegos, en Olimpia, una pequeña ciudad que hoy no pasa de tres mil habitantes, casi todos dedicados a la venta de “chucherías”, situada 300 kilómetros al sur de Atenas, sobre el río Alpheus. Olimpia fue fundada en honor de Zeus, quien se erigió como el dios supremo del Olimpo después de derrotar a su padre, Cronos en un combate de lucha libre en una colina cercana. Para conmemorar tan magno acontecimiento los helenos erigieron en su honor una estatua, hoy desaparecida que se erguía al cielo por 15 metros y que fue una de las siete maravillas del mundo antiguo. Durante esos 12 siglos nada impidió las Olimpiadas, ni siquiera las continuas guerras civiles en que se debatía Grecia, pues la paz olímpica garantizaba el cese de hostilidades por un tiempo prudencial antes, durante y después del evento. Ni siquiera la Guerra del Peloponeso las interrumpió, aunque sí cuenta Herodoto que en una ocasión se prohibió la participación de los atletas de Esparta.

Los Juegos Olímpicos se componían de 18 competencias principales, algunas de las cuales han sobrevivido hasta el presente, como las carreras a pie que se hacían en una pista de arcilla roja diseñada por el mismo Heracles, la lucha libre, el pugilismo, el salto largo, el disco, la jabalina y otros, y en ellos solamente podían competir ciudadanos griegos libres varones, estando castigado, bajo pena de muerte que las mujeres casadas los presenciaran, aunque sí podían hacerlo las solteras. Algunos de esos juegos han sido modificados y hoy los atletas no compiten totalmente desnudos como entonces. El salto largo y la carrera de 400 metros planos no se hacen ya con armadura y escudo, otros deportes han sido eliminados, como las carreras de carruajes, las que una vez ganó Nerón intimidando a los jueces a pesar de no haber llegado a la meta, el pankration, que era una pelea sin cuartel en que todo era lícito, menos sacarle los ojos al contrario y en la que el vencedor terminaba sacando con la mano las entrañas del vencido y otros han sido agregados últimamente, como el maratón, que nunca se practicó en los antiguos juegos. La ceremonia de la antorcha es también una adición moderna, que se le ocurrió a Hitler para los juegos de Berlín de 1936, que fueron los primeros televisados.

Contrariamente a lo que pensó el Barón de Coubertin al reinstituir los juegos en 1898, la corona de laurel no era el premio principal, el que se hacía en metálico, sino que era algo totalmente simbólico. La inmensa mayoría de los atletas eran profesionales que recibían jugosos estipendios por sus victorias y eran capaces de sobornar contrarios y hasta jueces. Según Platón, ganar una corona de laurel significaba llevar de allí en adelante “una vida fácil y llena de satisfacciones”, lo que no detenía la participación de uno que otro aficionado no profesional. Los griegos tenían una palabra para definir a este tipo de competidores: idiotas.

Pero no todo era deporte y los antiguos juegos eran también el evento musical, teatral y religioso más grande de su época, una especie de Woodstock combinado con el peregrinaje de los musulmanes a la Meca o de los cristianos a la Basílica de Guadalupe, complementado por teatro al aire libre y libaciones sin fin.

En honor de Zeus era célebre el destace simultáneo de cien toros, lo que además de servir de alimento para la multitud se suponía espantaba las moscas. Centenares de miles de personas se pasaban los días de pie y las noches a campo abierto o en tiendas de campaña, pues el único hotel estaba reservado para los gobernantes extranjeros. El calor que siempre pasaba de los 40 grados centígrados y el consumo de vino resinoso, cuyo precio según los historiadores subía un ciento por ciento cada día, causaban la conocida modorra olímpica, que afectaba a todos los asistentes. Según Epicteto para los cinco días que duraban las festividades llegaban de todo el mundo conocido, desde España hasta el Mar Negro más de 200 mil personas en barco y a pie, de las cuales 40 mil llenaban el estadio durante las 16 horas de competición diaria mientras el resto se entregaba al bacanal más grande en la historia de la humanidad, pues los juegos tenían la virtud de atraer a casi todas las prostitutas de Europa y de partes de Asia y África, a las que se les permitía regresar a sus lugares de origen con el botín logrado, garantizándose bajo pena capital su seguridad.

Simultáneamente se presentaban obras de teatro al aire libre, las Tragedias, y habían concursos de declamación de los poemas de Homero, ofrendas a los dioses y apuestas. Las Olimpiadas eran un microcosmos de la humanidad, comprimidas en cinco días de relajamiento y paz para el cuerpo y el espíritu.

El autor es administrador de empresas, nicaragüense residente en Miami.

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