La diáspora en la historia de la humanidad

Harold O.M. Rocha

El fenómeno de la diáspora es de interés nacional. Por ende es oportuno analizar detalladamente varios puntos al respecto. El primero es el concepto mismo de diáspora como exilio involuntario, que tiene sus orígenes en el siglo sexto a. de C. y que está inexorablemente vinculado a la historia de los pueblos hebreos.

La vigésima segunda edición del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua atribuye el origen del vocablo al griego diasporá, que significa dispersión, y ésta a su vez corresponde a los hebreos golah y galut, que describen el exilio y sus consecuencias. Pero el uso del griego para describir este concepto hebreo no es un barbarismo, sino que surgió probablemente entre los judíos radicados en Egipto en el siglo cuarto a. de C., quienes, en su proceso de asentamiento y asimilación, habían adoptado el griego como lengua propia. De hecho, este grupo tradujo al griego la Biblia Hebrea, que corresponde a los libros del Antiguo Testamento y que formó parte de la llamada Septuaginta (Vide Deuteronomio 28:25, “serás una diáspora en todos los reinos de la tierra”.) Esa traducción es la más antigua de la Biblia y la única anterior a la era Cristiana.

La palabra diáspora, entonces, ha sido utilizada en referencia a las comunidades judías que fueron expulsadas de Tierra Santa a raíz de múltiples invasiones a lo largo de la historia. La primera probablemente ocurrió en 712 a. de C. cuando Shalmanasar, rey de los asirios, conquistó varias de las diez tribus y las deportó a una región cercana al Éufrates. Poco se sabe de esta primera deportación, y por eso históricamente se dice que el inicio de la diáspora judía se da con la campaña bélica emprendida por Nabucodonosor contra el Reino de Judea (Yehuda) en Palestina, en 597 a. de C. Ésta culminó en la destrucción del primer Templo de Jerusalén en 586 a. de C., que había sido construido cuatro siglos atrás por Salomón, hijo de David.

Tras la derrota de Judea, Nabucodonosor ordenó la deportación de un numeroso grupo de judíos a Mesopotamia, y concretamente a Babilonia. Medio siglo más tarde, es decir, en 539 a. de C., el monarca persa Ciro el Grande derrotó a Naborrido, sucesor de Nabucodonosor, y autorizó el regreso voluntario a Palestina de todos los judíos residentes en Babilonia. Algunos volvieron pero muchos se quedaron, consolidando así una presencia judía estable en Irak e Irán que existió hasta hace poco.

El establecimiento de Alejandría en Egipto dio origen al fortalecimiento de las comunidades judías que se habían asentado en los bancos del Nilo a raíz de la invasión de Nabucodonosor. Así, para 331 a. de C., en el Imperio Tolomeo se encuentran asentamientos judíos no sólo en la capital sino también en ciudades como Pelusio, Leontópolis y Cirenea. Philo de Alejandría, un autor judío del primer siglo a. de C., calculó que la población judía en Egipto en ese entonces se aproximaba a un millón de personas. Su idioma, como se anotó antes, era el griego pero mantuvieron intacta su identidad cultural, religión y costumbres.

En el año 200 a. de C., los reyes Seléucidas de Siria conquistan Judea y eso renueva la dispersión de judíos en Oriente Próximo, llevando al establecimiento de colonias en Tiro, Sidón, Damasco y Antioquia. No es por tanto de extrañarse que en 160 a. de C. ya se registre una notable colonia judía en Roma. Un siglo más tarde, en 63 a. de C., Palestina fue declarada protectorado del Imperio Romano.

El gobernador romano en Palestina tenía como funciones principales el control del comercio y la recaudación tributaria. A pesar de la presencia de un rey judío, la opresión ejercida por los romanos llevó a una revuelta en 70 d. de C., que culminó tres años después, con la caída del cuartel de Masada. El Segundo Templo de Jerusalén, construido casi seis siglos atrás, fue destruido —salvo su muro occidental— e Israel fue anexada como provincia del imperio romano. Esto a su vez dio origen a una nueva ola de exilio, obligando al pueblo judío a abandonar la tierra en que habían vivido por casi mil años y dispersando su diáspora por Europa, Asia y África.

Para principios del segundo siglo d. de C. se reconoce la presencia de comunidades judías en España y el sur de Portugal, y dos siglos más tarde en Alemania (Colonia). En la Edad Media surgieron los dos grandes ramales importantes del judaísmo moderno, que son los ashkenazis en Francia y Alemania, y posteriormente en Europa Oriental; así como los sefardíes en España, Portugal y el Mediterráneo, incluyendo el norte de África. Tras el final de la Reconquista, en 1492, los Reyes Católicos les expulsarían de España, y, después de una breve estancia en Portugal, de donde también serían expulsados en 1497, cerca de 30,000 familias judías emprendieron su marcha a los Balcanes, a los territorios del Imperio Otomano en Noráfrica, e incluso a América. Para evitar los autos inquisitorios del Santo Oficio, muchos se convirtieron al cristianismo, aunque algunos mantuvieron viva pero privada su religión e identidad hebrea.

Hoy en día el vocablo diáspora se aplica al estudio académico y multi-disciplinario de la historia, de la cultura y de la estructura socio-político-económica de grupos de dispersión transnacional que han elegido identificarse como tal. Es un concepto postmoderno y orgánico por naturaleza, que se va construyendo con ímpetu de inclusión y en parámetros teóricos de espacio. La diáspora nicaragüense se estima que puede sobrepasar al millón y medio de personas, y si es así, como colectivo, excedería la población oficial de ciudades como Calgary, Nueva Orleáns, Sevilla, Düsseldorf, e incluso Managua. Su dispersión o exilio probablemente se deba a una plétora de razones que incluyen entre otros la política, la economía y la geografía. Lo cierto es que se ha dirigido principalmente hacia Norte y Centroamérica, pero probablemente también hacia todos los rincones del mundo.

El autor es abogado, investigador y profesor de derecho.

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