Juan Bosco Cuadra G.
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Democracia y filosofía en la nueva educación
Juan Bosco Cuadra G.
Dice un adagio latino que la «educación de un pueblo es su consuelo en la prosperidad y su refugio en la adversidad”. Y otro similar: “Cuando estés en la adversidad, acuérdate de los momentos de prosperidad; y, cuando estés en la prosperidad, no te olvides de la adversidad”. Todo esto con el fin de mantener un espíritu ecuánime que no se deja vencer ni por los malos momentos, ni se cree ser más de lo que uno es, por los buenos.
Sabemos que el futuro de la democracia en Nicaragua no depende solamente de la estabilidad social y política y del desarrollo económico sostenido, sino también de una acertada política de educación a todos los niveles.
El tema de educación en la democracia actual de Nicaragua tiene una importancia capital, no sólo para el desarrollo económico sino también para la misma convivencia democrática en el país a corto, mediano y largo plazo.
Desde hace algunos meses he venido meditando sobre las formas tradicionales de educación que todos los nicaragüenses recibimos desde pre-escolar y primaria hasta la secundaria y la universidad, y me he encontrado con un asombroso descubrimiento: que este modelo fomenta el autoritarismo, el clientelismo y todas las formas de verticalismo en lo que se refiere al poder. En otras palabras, educamos para el “poder”, con el “poder” y desde el “poder”, y no para “poder”, desde el “hacer”, haciendo. El caudillismo, las dictaduras y toda clase de autoritarismo no son otra cosa que los frutos sazonados de este sistema educativo tradicional.
El Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD), desde el año pasado ha venido introduciendo un nuevo programa educativo que promete darle un tiro de gracia a esta forma tradicional de la enseñanza.
Se trata, nada más y nada menos, que de introducir la ciencia más humana para fomentar la cultura de diálogo desde los 5 a los 17 años. Estoy hablando, por supuesto, de la filosofía.
Todos aquéllos que hayan tenido contacto con la madre de todas las ciencias sabrán que fue en la Grecia antigua (siglo IV) en donde, por primera vez un filósofo llamado Sócrates instauró el diálogo como un método de enseñanza, de aprendizaje y de convivencia entre los atenienses. La democracia griega le debe mucho no sólo a Pericles sino también a filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles. En ellos se han apoyado todas las democracias de la historia hasta el presente.
El programa de filosofía para adolescentes y niños que actualmente está impulsando el MECD tiene como principal objetivo enseñar a pensar a los educandos en un ambiente dialógico entre ellos y con el docente facilitador.
Habilidades de pensamiento, congruencia e integridad de vida y la cultura del diálogo, son las tres metas que persigue este programa.
En más de 50 países alrededor del mundo desde 1969, este programa ha cosechado sustanciosos frutos: 1. Ha mejorado el rendimiento académico en un 34 por ciento en otras asignaturas. 2. El coeficiente intelectual (CI) de los niños y niñas y adolescentes, en la comunicación dialógica, se dispara en un 20 por ciento. 3. La “autoestima” se agrega, como por añadidura, a la capacidad que reconoce el niño o la niña, de pensar por sí mismo (a). 4. La enseñanza de los “valores” morales y cívicos se integra en la vida y la conducta de los niños y niñas con mayor facilidad. 4. Han aprendido los niños y niñas a preguntar más que a responder. Se les ha dado, por lo mismo, incentivos para desarrollar algo que traen consigo y que los adultos muchas veces coartan como una necedad de parte de ellos. 5. Han aprendido los niños y niñas no sólo a escuchar al docente, sino también a escucharse entre sí; y, por último, 6. Han desarrollado un pensamiento más crítico y más creativo en lo que se refiere al llamado —por el doctor Lipmann— “pensamiento de orden superior”.
Me acuerdo que cuando estuve con el fundador de este programa a nivel mundial, el doctor Matthew Lipmann, me hizo una pregunta que él mismo la respondió: “¿Cómo se puede evaluar el programa de filosofía para niños?” Yo me quedé perplejo ante semejante pregunta. En cambio, él simplemente contestó: “Con el cambio de conducta”. Esta respuesta es la mejor prueba de la eficiencia pedagógica y educativa de este programa.
Ahora yo quisiera preguntarles: ¿a qué padre o madre de familia no le gustaría que sus hijos tomaran este programa de filosofía para niños que promete mejorarles y potenciarles todas las aptitudes que poseen desde su más tierna edad?
El autor es doctor en Filosofía