Roman, Times, serif»>
Reconciliación que sangra
En las últimas semanas, el líder sandinista Daniel Ortega ha arreciado sus ataques contra la democracia representativa y amenaza con regresar al poder para abolirla y sustituirla con una supuesta democracia participativa y popular.
Lo que propone Ortega, y algunos despistados creen que sería algo parecido al parlamentarismo británico, es en realidad una especie de gobierno de “cara al pueblo” ampliado, en el que las decisiones administrativas, legislativas y judiciales serían ratificadas por aclamación de las masas populares “orientadas” por el FSLN. O sea que sería un régimen fascistoide, la misma “democracia popular” que fue concebida como una modalidad de la “dictadura del proletariado” para la transición al comunismo que se instauró y fracasó en los países de Europa Oriental y, con algunas variantes, también en Nicaragua entre 1979 y 1990.
Sin embargo, lo que llama la atención no es que Ortega y el FSLN quieran volver a imponer lo mismo que impusieron durante los años ochenta, pues el propio líder sandinista ha declarado que él no ha cambiado, que son sus antiguos adversarios los que han tenido que cambiar. Lo sorprendente es que personas democráticas, muy preparadas intelectualmente y que vivieron en Nicaragua durante la dictadura sandinista, o tuvieron que huir de ella, ahora parecen preferir esa “democracia popular” que propone Ortega para sustituir el sistema de gobierno basado en la libertad individual.
Y el colmo de esta distorsión ideológica y ética es que esas personas supuestamente democráticas condenan ahora a quienes siguen pidiendo justicia por los crímenes que se cometieron en los años ochenta precisamente en nombre del poder popular; y los acusan de ser incapaces de perdonar y de que obstaculizan la reconciliación nacional.
No cabe duda de que Nicaragua necesita un gran esfuerzo de reconciliación nacional, pero no para regresar al pasado miserable y totalitario sino para profundizar y perfeccionar la democracia. En realidad, para las sociedades que han tenido que pasar por traumáticas experiencias de dictaduras militaristas, regímenes totalitarios y guerras civiles, como Nicaragua, la reconciliación es una etapa de transición no sólo deseable sino también imperiosamente necesaria. Para las sociedades que han sido heridas profundamente por la división sectaria, la intolerancia y el odio —de clases, étnico, ideológico, político, etc.— la reconciliación es indispensable para poder reconstruir materialmente al país, rehacer su patrimonio cultural y recuperar sus valores morales.
España no estaría donde está ahora si los españoles no se hubieran puesto de acuerdo, por medio de Ley 46-77, en perdonar y borrar “todos los actos de intencionalidad política tipificados como delitos y faltas” que ocurrieron durante la guerra civil española de 1933 a 1936 y en general durante la dictadura franquista. Sudáfrica no sería el país ejemplar que es ahora si las fuerzas políticas no hubieran dispuesto evitar los castigos por los graves delitos que se cometieron durante la vigencia del criminal régimen del apartheid. Los países de Europa Oriental que formaron parte del sistema de estados comunistas subordinados a la Unión Soviética, no estarían ahora formando parte de la civilizada Unión Europea si no hubieran decidido cerrar la posibilidad de revisar su pasado, a pesar de los millones de víctimas que causaron las dictaduras comunistas.
Pero en España no hay un partido, movimiento o líder fascista que esté co-gobernando, controlando ramas estratégicas del Estado como el Poder Judicial y amenazando con restaurar la dictadura franquista. Ni en Sudáfrica existen ya el Partido Nacional ni un Hendrick Verwoert queriendo restablecer el sistema del apartheid. Y tampoco en la República Checa, Letonia o Hungría hay alguien esperando las próximas elecciones para reinstaurar la “democracia popular”, antesala del comunismo.
Esa es la enorme diferencia con Nicaragua, donde sí hay un partido totalitario poderoso con un líder mesiánico anclado en el pasado que pretende a toda costa —con la complicidad de una cúpula liberal corrupta que ha abjurado de sus principios democráticos— regresar al poder para repetir la trágica historia de los años ochenta.