Manuela Aguilar (*)
Hace poco más de dos semanas, la autoridad jurídica mas alta de las Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia, terminó un estudio sobre la legalidad del llamado “Muro de Israel”. La Corte decidió, con solamente una voz en contra (la del Juez americano Thomas Burgenthal), que la construcción de la barrera de separación de 425 millas diseñada a separar el Estado de Israel de las poblaciones palestinas en la Ribera Occidental, es en contra de la ley internacional y debería de ser desmantelada.
Recibido con júbilo por los países árabes y con indignación por los israelíes, la decisión de la Corte ha causado una polémica significativa.
Los palestinos y la mayoría de los países representados en la Asamblea General de las Naciones Unidas mantienen que el muro fija de forma unilateral la frontera entre los Estados de Israel y Palestina en la Ribera Occidental y daña los derechos de los palestinos, ya que separa niños de su escuela, finqueros de sus tierras y trabajadores de sus puestos de trabajo.
Los israelíes, apoyados por Estados Unidos de América y, hasta cierto nivel, por Gran Bretaña, insisten que su “cerco de seguridad” es una medida necesaria para prevenir ataques terroristas provenientes de los territorios palestinos ocupados por Israel, ya que las décadas de negociaciones asistidas o directas, no han podido resolver el problema de co-existencia pacífica entre ambas poblaciones, a pesar del involucramiento fuerte de la comunidad internacional. Por lo tanto, desconocieron la legalidad de la decisión de la Corte Internacional de Justicia y decidieron continuar la construcción de la barrera.
Independientemente si lo llamamos “muro” o “cerco anti-terrorista”, la construcción de una barrera física como última opción para detener la violencia entre dos pueblos, realza varios puntos de reflexion importantes. Primero, e independientemente de las imágenes del Muro de Berlín que inevitablemente vienen a la mente, es necesario contemplar el impacto de esta medida israelí al prolongado conflicto en el Medio Oriente. Los israelíes afirman que la construcción del muro ha ayudado a bajar el número de ataques terroristas desde la Ribera Occidental a territorio de Israel en un 70 por ciento. Además, no es el muro en sí el que no recibió el apoyo de la Corte Internacional de Justicia, sino su construcción parcialmente en territorio ocupado por Israel pero legalmente definido como palestino por las mismas Naciones Unidas en 1947.
Consecuentemente, un muro cuyo curso cumple con los arreglos territoriales contemplados por las Naciones Unidas, debería teóricamente contar con el apoyo tanto de los palestinos como los demás países árabes. Después de todo, la separación física es siempre la primera medida buscada en un conflicto violento, ya que tiene un impacto positivo en el nivel de violencia.
La línea verde que separa hace treinta años a los Chipriotas Griegos y Turcos es un ejemplo vivo. Siguiendo este pensamiento, en un conflicto que a diario cobra víctimas, un muro entre israelíes y palestinos cuya construcción está previamente acordada entre ambos, podría proporcionar un importante y necesario cese a la violencia y podría hasta llegar a ser el comienzo de un arreglo en algunos otros de los muchos puntos de diferencia entre ambos pueblos.
Por otro lado, la separación física generalmente contribuye a la percepción de incompatibilidad y reduce las posibilidades de contacto y diálogo tan necesarios para bajar el odio. Casi siempre es una medida desesperada que no resuelve el conflicto, sino trata de manejarlo, congelando el estatus quo. El resentimiento queda y se refuerza por la existencia de la barrera misma, haciendo a largo plazo un arreglo final imposible. Chipre, de nuevo, es un ejemplo.
La reacción de la comunidad internacional, con pocas excepciones, mas bien se generó debido a que el muro precisamente no es el producto de un arreglo entre ambos pueblos, sino de la falta del mismo, y consecuentemente una medida unilateral del Estado de Israel. Por lo tanto, la decisión referente a la implementación de la recomendación de la Corte queda con esta misma comunidad. Después de todo, la Corte, como institución propia de consulta de las Naciones Unidas, respondió a la solicitud de la Asamblea General de Diciembre 2003 con un consejo más que un dictamen.
Como la Corte no posee poderes coercitivos, le queda como único remedio el traslado del asunto de la implementación al Consejo de Seguridad, el único órgano internacional mundial que tiene la facultad del uso legal del poder coercitivo. Ya hace pocos días la Asamblea General votó con gran mayoría en favor del apoyo a la decisión de la Corte Internacional de Justicia.
¿Qué hacer? ¿Realmente creemos que podemos convencer a Israel para que desbarate su costoso proyecto? ¿Estamos listos para emprender otro conflicto armado para imponer la decisión de la Corte? Como alemana, tengo una entendible aversión en contra de la erección de muros. Pero en contraste a la situación que enfrentamos actualmente, el Muro de Berlín fue construido para detener el flujo de refugiados de la parte de Alemania ocupada por las tropas de la Unión Soviética hacia la parte occidental y no para la protección de sus habitantes. Además, la Corte Internacional de Justicia, ya en existencia desde hace casi dos decadas, se quedó quieta cuando se separaron familias alemanas por causa de la construcción del Muro. Por otro lado, no reaccionar a la decisión de la Corte Internacional de Justicia sería equivalente a deslegitimizar una institución cuya importancia es evidente y cuyo funcionamiento es necesario para el arreglo de conflictos y la covivencia pacífica.
Por lo tanto, un acuerdo que se apega a los arreglos territoriales acordados por las Naciones Unidas, que toma en cuenta la indemnización de las personas dañadas por la construcción y que satisface las necesidades de seguridad de ambos lados haría una acción coercitiva de la comunidad internacional obsoleta. Idealmente, por lo tanto, este sujeto de polémica podría ser el comienzo de un arreglo final que toma en cuenta los intereses de ambas partes y garantiza una coexistencia sin violencia. Y al final de la cuenta, ¿quién se atreve a predecir si este muro persiste? Despues de todo, el Muro de Berlin cayó cuando ya nadie lo creía posible. El hecho de que, mientras se mantiene la construcción del muro de Israel, ya los mismos israelíes están excavando los primeros túneles debajo del mismo, como es el caso entre las ciudades Qalquiya, al lado israelí del muro, y Hable al otro lado, nos da esperanza.
(*) Profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Americana.