Fernando Centeno [email protected]
La tragedia del cerro Musún con resultado de víctimas humanas y daños ecológicos incalculables, nos recuerda la ocurrida en el Casita hace cuatro años. Y a pesar de estar fresca en la memoria nos indica que no aprendimos debidamente la lección.
Nicaragua es uno de los países más vulnerables del mundo. Somos susceptibles a cualquier tipo de fenómenos naturales y la historia así lo demuestra: terremotos, huracanes, maremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, sequías intensas o inundaciones, sumado todo esto a la tragedia permanente del hambre y la corrupción .
A pesar de lo anterior, no aprendemos las lecciones y continuamos construyendo sin cumplir con los requisitos de ley, no prevenimos los sitios peligrosos ante la inminencia de lluvias, hay barrios enteros a orillas de cauces, se continúa el despale indiscriminado en los cuatro puntos cardinales ante la impotencia de un organismo que ni siquiera aparece presupuestado.
En los últimos veinte años, más del treinta por ciento de la cobertura de bosques ha sido destruida por la extensión de la frontera agrícola y la explotación comercial. Más de cien mil hectáreas desaparecen año con año, originando la desnudez de la montaña y ocasionando tragedias como las del Casita y el Musún y quién sabe cuántas más que nos esperan.
Sorprende a veces la actitud reactiva de nuestros expertos en desastres y líderes, en lugar de impulsar y promover planes de prevención incluidos desde hace años en un Plan Nacional Ambiental sin apoyo oficial y ahora en un Plan Nacional de Desarrollo que aún espera un mayor empujón.
Las lecciones no aprendidas las encontramos en casi todas las circunstancias de la vida diaria en este país: llegamos a acuerdos con las universidades hasta que ya se han producido daños humanos y materiales, le buscamos solución a un sencillo problema de transporte local, hasta que la violencia ha dejado muertos y unidades dañadas; colocamos señales de tránsito o semáforos después que la calle o avenida han sido escenario de accidentes , reponemos el alambrado eléctrico luego que se ha incendiado la casa, reparamos los frenos del vehículo posterior al accidente, tapamos las alcantarillas después que alguien se ha caído etc. etc.
Pareciera que se trata de un estilo de vida que trae consecuencias lamentables, porque en el caso de los desastres naturales, no tienen que ser tan desastrosos, si la política de prevención resultara más efectiva o si las campañas de los organismos a cargo de ejecutarlas tuvieran mejores resultados y menos politiquería.
Asimismo, habría menos accidentes de tránsito si los agentes en vez de estar prestos para aplicar una multa, retiraran de circulación los vehículos en mal estado, bicicletas sin luces, o simplemente hicieran cumplir la ley.
La misma advertencia es aplicable al MTI y la Alcaldía por la lenidad con que actúan ante las nuevas construcciones, o la falta de aplicación de las leyes de parte del Marena, Inafor, el Magfor y otros organismos tímidos ante los problemas ambientales, y lo que es peor, la poca acción de aquéllos que fueron creados para prevenir desastres y cuya labor se evidencia hasta que ocurrieron los mismos.
La tragedia del Musún, los barrios inundados de Managua, el incremento de los accidentes de tránsito, las huelgas violentas, las agresiones intra-familiares, los incendios caseros, o los daños físicos por eventuales sismos o terremotos y hasta la misma corrupción,etc., no son más que lecciones sin aprender y no precisamente por malos libros, sino por malos alumnos y malos profesores.
El autor es periodista.