Jorge Eduardo Arellano*
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Arcaísmos en el habla nicaragüense
Jorge Eduardo Arellano*
Desde una perspectiva teórica, existen fenómenos que se dan sólo o predominantemente en el español de América y que antes existían en España, de cuyos dialectos desaparecieron en un momento difícil de precisar. Muy bien los especifica Rafael Lapesa (1984: 594): “El léxico general americano abunda en palabras y acepciones que en España pertenecen sólo al lenguaje literario o han desaparecido”. Hablamos de las llamadas voces arcaicas o arcaísmos, cuyo concepto es fundamentalmente relativo, ya que pertenecen a las hablas campesinas del nuevo mundo, conservándose en el español rústico de esta orilla del Océano, como observa Antonio Lope Blanch (1983: 41).
En las localidades de un gran valle del norte de Nicaragua (Palsila, departamento de Matagalpa), a la que visitara durante los años cincuenta del siglo pasado, nuestro narrador y paisajista Carlos A. Bravo (1882-1975), refiere haber escuchado algunas de estas voces: facer, fermosura, agora, luengo y esta oración: “Padre nuestro de los cielos, santamente sea tratado tu nombre aquí, lo mesmo que en lo alto”. Se llamaba esta gente analfabeta, alta, rubia y de ojos azules Ambrosio de Castro y Montenegro, José Juan Sotomayor, Santiago Zeledón y Rizo de la Torre, Altagracia Zayas y López, Dulce Esperanza Ruíz, prometida de José Juan Castro y Sotomayor; todos ellos genuinos nombres españoles.
El diplomático Alberto Serrano de Haro (1986: 45-53) ha identificado más de diez voces coloniales en Panamá, país con el cual Nicaragua comparte algunas. Ante todo, guindar (colgar), temprano galicismo introducido por la actividad marinera, que un español medio no reconocería hoy. El DRAE, en su vigésima segunda edición (2001), informa que al vocablo —además del francés guinder— se le atribuye otra etimología: del “nórdico”, vuinda: envolver. También define sus dos acepciones predominantes como verbo transitivo: “Subir algo que ha de colgarse en alto” y “Colgar a alguien en la horca”, que no se ha usado en Nicaragua. El mismo DRAE agrega que en Canarias y América en general, significa suspender; en Cuba, particularmente, catear; en Ecuador, amarrar, atar; y en Venezuela (seguramente por la hamaca), dormir, estar en reposo.
Otro ejemplo señalado por Serrano de Aro es la palabra peje, vivita y coleando hace unas décadas en nuestros ámbitos lacustres, mientras en España se fue generalizando la voz pez. Por cierto, cuando en la península estaba en uso, se escribía con /x/, pexe (recordemos el pexe-vigüela, como llamó el cronista Oviedo, a principios del siglo XVI, al pez espada del Lago Cocibolca), lo cual revela la incertidumbre del sonido, haciendo presagiar su evolución, porque la /x/ siempre fue en nuestro idioma una incógnita. Peje —cabe indicarlo— ha pasado a la escritura literaria en una minificción de Pablo Antonio Cuadra (2001), que termina: “Ya se volvió peje Michín”.
Un interesante arcaísmo —término que dejó de utilizarse en España hace mucho tiempo, pero que continúa utilizándose entre nosotros, sobre todo en estratos populares— es entenado, a (hijastro, a). El Diccionario de Autoridades (1732: 499), lo registra: “Entenado, da. Masculino, femenino y singular. El hijo o hija que nacieron antes y llevan al matrimonio lo que de nuevo lo contrahen y pasan a segundas nupcias”. La misma obra refiere un ejemplo tomado de la Crónica sobre el Rey don Alfonso XI, cap. 141: “La Reina de Aragón sospechaba que desde que el Rey, su marido, finase, que el infante don Pedro, su entenado, tuviese los reinos de Aragón en su poder.
Por su lado, José G. Moreno de Alba (1972: 26) sostiene que el carácter arcaico del español de América es evidente. Ya muertas en el habla corriente de la península, muchas expresiones conservan su vitalidad en los países hispanoamericanos. Es el caso del adjetivo lindo (“Margarita, está linda la mar” inicia uno de sus famosos cuentos en verso Rubén Darío) que en España vale por rica: ¡“Qué rica es la cría”! (niña recién nacida) oímos exclamar en Málaga a una señora, aludiendo a una tierna (mi hija mayor). Otro es el predominal pararse (ponerse de pie) y parado (estar de pie) que actualmente significa desempleado en España. “Parar fue una palabra de muchos usos en la Edad Media y en el Siglo de Oro; y varios de ellos se refieren a prepararse y apercibirse” (Serrano de Haro, 1986: 52).
Otra voz arcaica nuestra es el adjetivo bravo (enojado, enfadado en el español común). Actualmente, “ponerse bravo” en España es “cabrearse” y “empreñarse”; aquí, furioso e irritado. Sin embargo, en una fuente antigua leemos el “eixemplo” del “mancebo que se casó con una mujer brava et muy fuerte”; y un Embajador, que acababa de visitar a Enrique VII de Inglaterra, lo describía a Fernando el Católico, diciendo que “está bravo y tan enojado que no hay persona del mundo que lo ose hablar”.
Dilatarse (tardarse, retrasarse) constituye otro ejemplo muy común de arcaísmo para los peninsulares, no para nosotros —añade Moreno de Alba—. En la misma línea afirma que el prefijo /re/ superlativo es de gran vitalidad, especialmente para designar nuevas situaciones. Recordemos recontras y recompas, derivados de “contras” (abreviación de contrarrevolucionarios) y de “compas” (idem de “compañeros”; vocablos surgidos en los años noventa.
En relación a las voces aportadas por el sistema monetario español, circuló en las zonas del Pacífico y Centro de la provincia “la moneda conocida por Macuquina o Macaco” (Sara L. Barquero, 1946: 90), palabra de origen árabe. Pero cayó en desuso desde hace más de un siglo, pues no figura en el diccionario de Berendt (1874). Por el contrario, el tostón —otra moneda española— perdura en nuestros días a través de los trozos redondos y dorados de plátano, fruto que consumimos en restaurantes y comiderías. Lo mismo que el vocablo genérico de dinero: plata. “El que tiene plata, platica” —dice un significativo refrán nuestro—. Plata tiene para los nicaragüenses el significado de pela para los españoles, lana para los mexicanos y pisto para los guatemaltecos. Platal es una gran cantidad de dinero, lo mismo que platalales. “Hay platalales para los proyectos de educación ambiental”, escuché hace poco a una funcionaria.
* El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua