Fiestas patronales y sincretismo religioso

Justo Pastor Ramos*

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Fiestas patronales y sincretismo religioso


Justo Pastor Ramos*




El pueblo de Nicaragua, tradicionalmente fiestero y procesional, en estos días (hoy y mañana) se exalta jubiloso al celebrar entre lo profano y religioso a sus santos patronos; unos a Santiago Apóstol y otros a Santa Ana, abuelita de Dios. Y es que julio es el mes de las mariposas y las luciérnagas que encendidas conforman un concierto multicolor y de luces infinitas; es el mes de la cosecha, cuando florece fecundo el maíz y el trigal esparce el oro de sus espigas entre la verde prodigalidad de los campos sobre los que el cielo ha desprendido los racimos de la lluvia.

Moyogalpa, Nandaime, Jinotepe, Niquinohomo, Nindirí, Boaco, Palacagüina, El Jícaro (Nueva Segovia), Nagarote, Telica y Chinandega se alborozan y en sus plazas y calles vuela bullanguero el sentimiento de la tradicional religiosidad y las típicas costumbres, desfiles hípicos y alboradas, certámenes de indias bonitas y reinas de las fiestas patronales; ferias de artesanías y gastronomía indígena; desfile de promesantes, sin faltar las expresiones folclóricas entre las que destacan los Diablitos, en Nandaime, el Macho Ratón en Jinotepe, los Chinegros y las Indias Lujosas de Nindirí, los Moros y Cristianos en Boaco y también las Ramadas de Niquinohomo, recubiertas de abundantes frutas producto de la cosecha del año.

Típicas celebraciones de mucho contenido histórico cuyas raíces se originan en Egipto y Grecia muy anterior a la era cristiana, desde donde el ser humano las ha sustentado en el más profundo lugar de sus convicciones espirituales como la consecuencia de una herencia natural que ha venido constituyendo el antecedente de un factor determinante en el fomento de la creencia tradicional que al final ha dejado su memoria con el sello de la fe.

La antigua Grecia, 525 años antes de Cristo rendía culto a Dionisio, dios del vino y la alegría, dedicándole grandes festejos, al igual que a la diosa Ceres, a quien le ofrecían el Festival de la Cosecha que contemplaba certámenes teatrales, sin faltar las comedias de Aristófanes que ridiculizaban a personas y costumbres, así como danzas cuyos participantes se cubrían el rostro con máscaras y vestían coloridos atuendos. En Tesalia y el Ática se efectuaban corridas de toros, arte que luego aprendieron los romanos y que lo llevaron a España; se dice que el emperador Julio César fue el primer picador de toros.

Siguiendo la corriente del tiempo nos encontramos con el pueblo judío, del que emerge el cristianismo con las enseñanzas de Jesús que se centran en las vicisitudes que pone la historia de la vida del hombre exaltando el principio de la fe y el misterio del amor. Dios es amor, concepto divino con el que la iglesia cristiana abre el espacio a la veneración de consagrados cristianos que por sus virtudes de entrega y al sacrificio merecen, según el tribunal de la Iglesia Católica, en el cielo especial recompensa tal que lo destaca la historia eclesial de los siglos IV y V.

A partir de entonces, en tanto la evangelización cristiana emprendida por Europa y África avanza el arte sacro de manera simbólica trae a la conciencia del evangelizado el interés hacia la dimensión del culto católico. Acción en que los albores del siglo XVI los pueblos conquistados de América, sometidos bajo la fuerza del estado colonial imperante, habrían de sumarse entre el sincretismo religioso y socio-cultural que transforma sus creencias rituales, de manera que el Huitzilopochtli, dios de la guerra y la victoria, y al que el europeo llama Hichilobos, es sustituido por el Apóstol Santiago, el grito del guerrero de la leyenda de Compostela, como el patrono y máximo símbolo de la nueva fe católica.

Itoh: dios de la lluvia; Ixcamil: diosa de las mieses; Ixcacu: diosa del cacao; Mixcoa: dios de los caminos, y todos los dioses de la vieja teogonía son depuestos de sus míticos altares para dar paso a los santos patronos cuyas celebraciones han recibido el nombre de fiestas patronales solemnizadas con abundante pólvora, sones de marimbas, flautas y atabales; filarmónicos que con el ruido de sus sones de cacho amenizan largas procesiones, y las corridas de toros, vieja reminiscencia de la hacienda colonial con sus campistos y toreros expresan la continuidad de lejanas motivaciones festivas que con su contenido histórico, en nuestro caso particular, son el vínculo indivisible entre nosotros y el tiempo conformando por siempre en un fervoroso anhelo de fe, el compendio típico-tradicional del carácter alegre y bullanguero de nuestra auténtica nicaraguanidad.

* El autor es historiador

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