Joaquín Absalón Pastora
Son pocos los templos que acumulan y guardan el oro eterno de la verdad. Conforme la humanidad corre sobre su pista, moldeada por el imperio invisible del tiempo, riquezas de esa índole van en mengua. Las fuentes que más privilegiadas están para poseerlas son: la religión, la política, y el periodismo. Cuando sus militantes remiten al hervidero el bien de ser creíbles, el caudal de darse a respetar porque lo tienen, cuando las dualidades y los verbos desviados permiten la introducción intoxicada de la mentira, principalmente dicha por los políticos caen —estrepitosamente— a las profundidades irrevocables del abismo.
Oficiar sin tacha en “el altar mayor” de ese templo ha sido difícil y más difícil en la medida en que más van nublándose las bifurcaciones de la razón. Sin embargo qué fácil ha sido —y es— quitar la máscara y descubrir el verdadero rostro. Son los destructores de su propia imagen sólo por darle prioridad al reino común de la egomanía, del oportunismo político y de otros tantos efectos derivados de la vanidad y del afán de lograr los objetivos dificultosos.
Permítaseme la concentración de este artículo en algunos políticos y algunos religiosos a quienes no es relevante nombrar porque la opinión pública los conoce. Aparecen tomados del brazo, guiados por los perdones sazonados de la coyuntura. Y quién va a negar el solaz sentido cuando los reflejan las fotografías y los titulares.
Los periodistas pulen las pilas y las cámaras preparan sus fogonazos para captar el momento en que el político —hipócritamente— conociendo llevar “agua a su molino”, besa el anillo del obispo. ¿Cuántas veces lo ha besado? La cuenta está perdida. Tanta repetición de esas escenas motiva la alegre confección de unas caricaturas más verdaderas que los entendimientos o acuerdos de los perseverantes interlocutores. La reiterada aparición de un problema nacional permite montar el peregrinaje político.
Yo quiero ver al religioso más en la crónica litúrgica, representativa de los lauros espirituales que en la crónica política embalsamada por las frivolidades terrenales, y quiero ver al político en el arte social de servir a la comunidad en los lugares donde deberían concentrarse y no quitándole espacios a la agenda divina de los juramentados para ejercer su apostolado.
La sesión, primero discreta, se convirtió en simbiosis bilateral de circo y de drama, y es doloroso que así lo vean los cientos de miles de habitantes de la calle, inevitablemente usada para llenar los requisitos implorados por el instinto de conservar la vida. Ninguna otra vía: “el trabajo es tu digno laurel”.
La reunión entre políticos y religiosos no es de ninguna manera censurable. Los dos sectores no tienen porqué estar herméticamente opuestos desde el mismo momento en que teóricamente buscan el bien. Pero caer en los extremos de una identificación cotidiana e irrefrenable, llena de articuladas coincidencias, de usar a la Iglesia como trampolín y condescender sus representantes con metas partidarias y ambiciones personales, justifica el avivamiento de la crítica.
El pecado no es de la Iglesia. Los lobos o enemigos no son los sanos observadores que claman porque la piedra firme donde fue construida, deje de sufrir deterioro. No se debería confundir a la Iglesia como institución imperecedera con interpretaciones equivocadas del mensaje sagrado de Jesús: orientar, apacentar a la grey y no exponer el respeto por mies ajena.
Los pueblos poseen la virtud del sufrimiento. Pero dentro de ese túnel oscurecido, premian y castigan. Pueden quitar y poner el único día de democracia del sistema: el rutinariamente dominguero de las elecciones haciendo uso de la fantástica sabiduría enseñada por la vivencia y sus reflexiones. Los pueblos también tienen su “dura lex-sed lex”. Los pueblos son —por ese día nada más— las eminencias judiciarias. Los pueblos no quieren panegíricos de líderes internacionales. Los pueblos quieren la solución inmediata a sus problemas. Si personalmente introducen su voluntad en la ranura de las urnas es por hallar esa conquista. Hay clase política satírica pero a estas alturas el humor intelectual no reconoce a nadie con esa vena. Nicaragua no está hipnotizada por la fanfarria procaz. Nicaragua sabe —creo yo— que los sistemáticos recurrentes de su destino han perdido el tesoro de la credibilidad. “Que me crean”. Esa es la aspiración y el capital de una vida.
El autor es periodista.