José Leopoldo de Camilli*
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Recordar para no caer en lo mismo
José Leopoldo de Camilli*
El pueblo nicaragüense tendrá que decidir dentro de poco tiempo cuál será la fuerza política a la que encomendará guiar el destino de la nación en los próximos años.
Como la memoria colectiva es débil, conviene de tanto en tanto refrescarla para evitar que se incurra de nuevo en errores fatales para el futuro de la nación como comunidad libre y próspera.
Ordenando algunos papeles viejos, encuentro en Barricada del 4 de noviembre de 1987 el discurso solemne del entonces presidente Daniel Ortega, pronunciado en ocasión del septuagésimo aniversario de la revolución de octubre en el Palacio de los Congresos del Kremlin el 3 de noviembre de 1987.
Es interesante repasar algunos párrafos de este discurso porque ellos expresan el credo político del señor Ortega: “Hace 70 años, los trabajadores de Rusia, conducidos por Lenin y ese formidable partido que se erigió en vanguardia del proletariado, hacían realidad la gesta centelleante de la Comuna de París. Esta vez, la luz se hacía de una vez para siempre en la tierra de los Soviets… La victoria de octubre hizo realidad la propuesta científica de Marx y de Engels, ejecutada por la creatividad, audacia y firmeza del genio de Lenin. El triunfo de octubre marcó una nueva era en la historia de la humanidad. Nuevas victorias revolucionarias se hacían posibles, por la firme decisión de los pueblos de romper las cadenas de la explotación, contando a la vez con la generosa y decidida solidaridad militante de la Unión Soviética… El FSLN, vanguardia del pueblo trabajador, agradece en nombre del pueblo de Nicaragua la cooperación incondicional y generosa que el Partido Comunista de la Unión Soviética con él, todo el pueblo soviético, nos ha brindado a lo largo de estos años”.
El comandante Arce, en un acto conmemorativo de la revolución soviética, manifiesta el 6 de noviembre de 1987 que dicha revolución hizo “posible también la Revolución Popular Sandinista… Por eso, para el pueblo nicaragüense, para su Gobierno, para su vanguardia, es un imperativo moral ineludible rendir homenaje al octubre bolchevique y al pueblo soviético”.
Ahora, lo sabemos, aquella luz que debería iluminar “para siempre” a la Unión Soviética y al mundo se ha extinguido silenciosamente en los profundos resquicios de la historia.
En Nicaragua, el sandinismo ha acomodado sus despojos a las necesidades del tiempo. Pretende presentarse de nuevo como una fuerza política capaz de gobernar la nación y de guiarla hacia un futuro mejor. Mas, pregunto, si fue la Unión Soviética la que hizo posible la revolución sandinista, ahora que ese imperio comunista ya no existe, ¿de dónde sacará el sandinismo sus fuerzas para gobernar al país?
Ciertamente, ante experiencias trascendentales y crisis existenciales extremas, los humanos podemos corregir nuestros desatinos y abandonar los errores del pasado. Pero hasta ahora no se ha escuchado en Nicaragua de parte de los dirigentes del sandinismo ninguna confesión pública de que hayan abjurado de las ideas obsoletas del marxismo-leninismo. Todo lo contrario. El señor Ortega continúa fraternizándose con los últimos vástagos de esa espantosa galería de dictadores rojos que afirman que la felicidad de los pueblos se logra encerrándoles en las lúgubres covachas de sus Estados-prisiones. Ortega sigue inclinándose reverentemente ante la momia cubana de barbas grises y manos ensangrentadas y se extasía contemplando cómo germina en Venezuela otro monstruillo comunizante.
En carta del 5 de mayo del año en curso escribe Ortega a Castro: “Queremos expresarle nuestra total adhesión a sus palabras de sabiduría, visión y dignidad que encarnan los más elevados ideales de los revolucionarios… Hoy Cuba habla con la verdad de quien está por la justicia, por la soberanía, la dignidad y el respeto de los derechos humanos… Querido Fidel, una vez más queremos manifestarle nuestro entrañable cariño, respeto y agradecimiento de los sandinistas y el pueblo nicaragüense que valora la generosa solidaridad del pueblo de Cuba”.
Es conveniente que el pueblo nicaragüense tenga presente todo esto y que no olvide lo que el sandinismo representó para Nicaragua: prepotencia, opresión y corrupción, y un pueblo dividido por el odio del fanatismo de unos señores que siguen creyendo que ellos tienen derecho a hablar en nombre del pueblo, adelantándose a lo que los nicaragüenses decidan en libres comicios.
* El autor fue profesor de la Universidad Técnica de Berlín