Pablo Sanabria
Hace ya rato que presentaron en el cine la película The dead poets society en la que Robin Williams es el actor principal. Williams hace el papel de profesor en una escuela preparatoria exclusiva del este de Estados Unidos. El primer día de clases, Williams lleva a sus pupilos al pasillo de la entrada de la escuela para que vean las fotos de antiguos graduados que ahora estaban muertos. Allí, frente a la galería de fotos, Williams les dice:
“Somos comida de gusano, jóvenes! Lo crean o no, cada uno de nosotros en este cuarto, un día dejará de respirar, se enfriará y morirá. Acérquense y vean estos rostros del pasado. Ellos fueron ni más ni menos como ustedes ahora. Ellos creen que están destinados para cosas grandes. Sus ojos están llenos de esperanza. Pero, ¿saben caballeros? Estos jóvenes ahora están fertilizando narcisos. Si escuchan bien de cerca, les oirán susurrar su legado para ustedes. Acérquense. ¿Qué oyen?”
En ese momento, Williams se pone detrás de los muchachos y con una voz de ultratumba, les dice, “Carpe diem”, “Carpe diem”, que en latín significa “aprovechen el tiempo”. La escena concluye con un consejo de Williams a manera de conclusión: “Sí, jóvenes. Aprovechen el tiempo. Hagan sus vidas extraordinarias”.
Me parece que este consejo tiene mucha validez para nuestros jóvenes. La semana pasada estuve en una reunión de la escuela de mis hijos en la que el director expresaba su preocupación por el bajo rendimiento académico de los muchachos. El director decía que en su opinión, la culpa del bajo rendimiento debe distribuirse entre los maestros, los estudiantes y los padres de familia. Su afirmación me pareció acertada. A veces los maestros no se esfuerzan para dar lo mejor de sí mismos a sus estudiantes. Por otro lado, muchos padres de familia se desvinculan totalmente de la educación de sus hijos y los muchachos hacen lo que les da la gana. Sin embargo, es posible tener maestros no muy eficientes y es posible tener padres negligentes y todavía ser buenos estudiantes.
Yo quisiera apropiarme de las palabras de Robin Williams en la escena de la película arriba mencionada y decir a nuestros jóvenes de hoy: aprovechen el día, hagan sus vidas extraordinarias. Para lograr este objetivo no se necesita ser un genio pero sí es necesario despojarse del conformismo, tener hambre de ser alguien en la vida, estar dispuesto a esforzarse y someterse a una disciplina de estudio. En efecto, el conformismo es uno de los principales males que está afectando a los estudiantes. Muchos se conforman con el mínimo para pasar, pero ¿qué tipo de médico o ingeniero va a ser un estudiante que sólo se conforma con el mínimo para pasar? Simplemente será uno más de entre el montón, “uno más del taller Cajina” como dice en algunos camastros de camiones.
Si un joven no aspira a hacer su vida extraordinaria, de nada sirve que tenga buenos maestros y padres preocupados. Por eso, es necesario levantar el orgullo o la vergüenza en el espíritu de nuestros jóvenes. Hay que ayudarles a soñar y soñar con ellos para que puedan visualizarse en el futuro como personas de éxito y útiles a la sociedad. El triunfo y todo lo que le acompaña tiene un precio y sólo aquéllos que están dispuestos a pagarlo, lo obtienen. Los demás se quedan para siempre como espectadores de otros estudiantes que les aventajan y llegan a ser grandes profesionales.
No hay, pues, que conformarnos con poco. Es más, no hay que conformarse jamás. Goethe, el gran poeta alemán, decía: “Que no puedas llegar es lo que te hace grande”. Y así es, porque cuando uno cree que ya lo ha alcanzado todo, que ya no hay nada más que aprender, que ya es suficiente, entonces comienza a descender. De tal forma que aún los buenos estudiantes no deben conformarse con sus logros actuales sino que deben ponerse metas cada vez más altas.
Como dije, la participación de los padres y la eficiencia de los maestros son factores que afectan el rendimiento académico de los hijos, pero en última instancia, el éxito o el fracaso depende del estudiante mismo. Si éste no tiene metas altas para su vida, de nada sirve lo demás. Carpe diem, jóvenes. Carpe diem.
El autor es abogado y Master en Ciencias y en Divinidad