¿Cuántos de ellos volvieron? Nunca se sabrá, sólo se calcula que más de 50 mil nicaragüenses, entre guerrilleros de la Resistencia, civiles y soldados del Ejército, murieron en esa guerra de 10 años.

“La revolución nos dio la oportunidad de ser iguales”

Mirna Velásquez Sevilla, JohnnyCajina y José Adán Silva Resplandecía para los jóvenes de aquella época una nueva Nicaragua a la que había que defender. Para Nubia Silva Calderón no había más opción que ir, feliz, a tomar las armas y defender los logros que para ella significaba la revolución. Pensando así, entró en 1981 al […]

Mirna Velásquez Sevilla, JohnnyCajina y José Adán Silva

Resplandecía para los jóvenes de aquella época una nueva Nicaragua a la que había que defender. Para Nubia Silva Calderón no había más opción que ir, feliz, a tomar las armas y defender los logros que para ella significaba la revolución. Pensando así, entró en 1981 al Ejército Popular Sandinista y no salió de él hasta 1990, cuando el Frente Sandinista perdió las elecciones.

Durante los nueve años de vida militar, Nubia vivió los mil y un sinsabores, miedos y alegrías de una época que le marcó la vida para siempre.

Viene de una familia muy pobre que sufrió con dureza la guerra de insurrección por un motivo: su hermano mayor era miembro de la Guardia Nacional. Al morir su hermano en la insurrección, su madre terminó odiando hasta su muerte, años más tarde, a la revolución sandinista. El único gesto de simpatía de la madre de Nubia hacia la revolución fue por los muchachos que la alfabetizaron en 1980.

Nubia estuvo en la base militar 2005, cerca de Xiloá, en el Batallón de Ingeniería de Zapadores y llegó hasta el grado de Sargento Tercero. Allá se casó con un militar, compañero de armas, que ahora deambula en las calles de Managua hecho un paria del alcoholismo.

Aprendió a manejar fusiles, a desactivar minas y convivir con el riesgo de una invasión que nunca llegó. “Siempre nos decían que la invasión venía y estábamos preparados para morir”, recuerda ella, como si fuera ayer, cuando recorría junto a su superior los escenarios de guerra de la Nicaragua rural, como parte de un equipo de planificación y supervisión de operaciones.

MUCHOS MURIERON

En 1983 un nombre le marcó la memoria con sangre indeleble: Salvador Ruiz Calderón, el primer amigo suyo que murió en un combate en San Andrés de Bocay. Luego murieron cientos más y ya no tuvo tiempo de conocerlos a todos. “Pasaban tan rápido por la base que no daba tiempo para conocerlos a todos”, dice.

Para Nubia, la revolución significó la esperanza de algo que nunca llegó: la igualdad. “La revolución nos dio la oportunidad de ser iguales a todos, de enseñarnos orgullo y apreciar lo nuestro. Todo eso se ha perdido, pero yo no pierdo mi orgullo”, dice.

Ahora vive pobre y sobrevive vendiendo fritangas en un barrio oriental de Managua, algo que no aprendió en la vida militar, esa misma que ahora cuenta con mucho orgullo. “Jamás me arrepentí de haber sido militar, era mi deber”, repite.

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