19 de julio y la Iglesia de Nicaragua

César N. Grijalva

En las decisiones institucionales de la Iglesia se encuentra una historia no revelada a su pueblo; y de seguro que en muchos de sus pasajes existen explicaciones a sus errores que afectaron al pueblo en su conciencia y vida nacional.

En la búsqueda de revelaciones, este planteamiento parecerá hereje. Sin embargo, ¿es acaso pecado para decenas de miles de católicos, apostólicos y nicaragüenses, despejar un camino de incertidumbres y contradicciones?

Aún en el presente emergen día a día sentimientos de temor, preocupación y muerte, por el desorden institucional ético, en un ambiente donde se prefiere callar y se eluden ciertos temas que mortifican y representan abuso para la población.

Todo servidor público de cualquier poder del Estado debe ser incólume, de lo contrario su nombramiento o la dignidad que representa, evoca una lamentable crueldad humana y una completa falta de respeto al nicaragüense. Aún en las filas partidarias debe primar la obligación de revisar la calidad ética de su membresía.

¿Es que acaso la Iglesia no debe condenar todo acto que haya sido violatorio de la dignidad humana?

El nicaragüense necesita desaturdirse del estrago sandinista.

La consecución de la verdad y la función de ésta es responsabilidad y obligación de la Iglesia.

El octavo mandamiento de la Ley de Dios dice: «No darás falso testimonio ni mentirás».

Como pueblo no se puede continuar con la actitud dogmática de apoyar a la Iglesia sin prever a donde ésta conduce a su grey.

En los principios de la fe el pueblo está totalmente de acuerdo y en las acciones ciertamente deben todos demostrar sus principios.

Sin embargo, el temor se presenta y la duda alerta cuando en la tradición de las palabras, en las homilías por ejemplo, se han encontrado ambigüedades y contradicciones en sus interpretaciones.

¿Es que acaso por compasión, misericordia, incluso en el acto de «perdón y olvido», debemos sacrificar aún más nuestras conciencias, nuestras vidas y porvenir, manteniendo un estado de incertidumbre?

Hay que recalcar que el acto del perdón con su potencial efecto, frente a un ofrecimiento confuso de arrepentimiento, no implica borrar lo imborrable, que es el crimen.

Y esto va para todo aquel que se haya manchado las manos con sangre de hermano.

El quinto mandamiento de la Ley de Dios dice: «no matarás».

¿Cómo orientar al pueblo sin ninguna explicación profunda acerca de la correlación del acto más sagrado de la fe católica, la santa misa, con una celebración profana que implicó un régimen de terror de diez inolvidables años de persecución y martirio, de asesinatos colectivos y crímenes de toda índole, y de éxodo?

El acto del perdón debe ser explicado en toda su magnitud al pueblo de Nicaragua. Qué implica y qué es lo que no implica.

El 19 de julio está en manos de quienes crearon una falsa ilusión. A favor y único beneficio de quienes propiciaron tentaciones diabólicas para encauzar a todo un pueblo a las puertas del infierno.

Estos exponentes geométricos de perversidad, jamás experimentada en la vida nacional, deben ser objeto de un claro análisis. Estos actores conocidos deben ser expuestos no sólo a un reconocimiento público y claro de lo que fueron sus acciones criminales, sino a una verificación del arrepentimiento con una inmediata renuncia a posiciones de autoridad para una reedificación moral y personal.

Ellos, los que buscan redención, no deben esperar reintegración o restitución a sus posiciones de poder, si renunciasen, sino declinar éstas para dar paso a la edificación de una sólida moral pública.

No se debe pensar que se está hablando acerca de una Iglesia nicaragüense que ha entrado en una fase de validación indirecta de todos los atropellos pasados, que responde a un arrepentimiento no verificado; o que está anuente a intereses creados que no obedecen a la población nicaragüense, la que busca denodada y desesperadamente una depuración de su sistema público en todas las esferas del Estado.

En el reconocimiento de Dios, Éste no administra el Cielo con el diablo. En el caso de la Iglesia de Nicaragua, el propósito que debe estar claro es que hombres de buena fe y buena reputación comiencen a tomar las riendas del Estado. Que sean líderes incólumes los que, sin importar su ideología, encaminen al pueblo en función de los buenos principios morales, de equidad y justicia.

El acto de arrepentimiento no es político, es espiritual, moral e individual. Éste debe ser verificado con un acto de profunda constricción. Substancialmente implicando renuncia, humildad, reconocimiento genuino, remordimiento.

La Iglesia no puede auspiciar un falso acto de arrepentimiento. No se puede aventurar a crear un camino propicio para la destrucción de más vidas inocentes. Si este arrepentimiento no es verificado, la Iglesia tendrá una carga histórica de culpabilidad.

¿Puede la Iglesia perdonar a quienes han seguido causando daño al pueblo con el descaro de reconocer públicamente crímenes llamados errores?

Sí, la Iglesia puede. Pero no tiene ningún derecho de exponer a centenares de miles de inocentes que confían ciegamente, como un niño, en su sagrada predicación.

19 de julio: lejos de un espejismo liberador significa un día lúgubre, de enganche, venganza, odio y exterminio, éxodo, y persecución aún de la misma Iglesia.

El autor es nicaragüense, reside en Winnipeg, Canadá.

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