La realidad actual del Frente Sandinista

Ricardo Sánchez Calero

Cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional llegó a la plaza triunfante por el derrocamiento de una de las dictaduras más sangrientas en la historia de América Latina, no solamente llegó un grupo de jóvenes armados; fue el desbordamiento de todo el pueblo de Nicaragua que abarrotó la plaza hasta parecer que iba a estallar. No alcanzaban tantas ilusiones en las entrañas de aquellos combatientes de zonas rurales y urbanas, de los obreros, de los campesinos que allí miraban el principio de una Nicaragua diferente, libre de ataduras.

Todo ese esfuerzo, ilusiones y sangre que se derramó en las calles, montañas, llantos de madres e hijos huérfanos para lograr una Nicaragua mejor, pronto se vio demolido por las actitudes intransigentes, autoritarias y la irracionalidad de los que tenían la responsabilidad de conservar y desarrollar la revolución.

Esta realidad le puso fin a toda aquella transformación vivida en Nicaragua y bruscamente se convirtió aquel sueño de nación en pesadilla colectiva, otra vez sangre en las montañas, en las calles, lágrimas de madres, muerte de miles de jóvenes era el nuevo panorama nacional, el cual no se podía criticar por la imposición del silencio institucionalizado como forma de gobierno.

El Frente Sandinista desde que perdió las elecciones en 1990 se acomodó dentro de los diferentes poderes del Estado. Sus dirigentes hoy son diputados, magistrados, alcaldes, concejales e inversionistas, respaldados por pactos y acuerdos políticos que han respondido únicamente a sus intereses partidarios y personales.

Los mismos que una vez dijeron venir del pueblo y estar por el pueblo, ahora, como parte de las estructuras estatales no han impulsado una sola ley de carácter popular que tenga como fin la disminución del desempleo, mejorar la salud y la educación pública, sacar al niño que pide en los semáforos, apoyar al micro empresario, al pequeño productor y contribuir al desarrollo del país.

Sus máximos dirigentes siguen repitiendo el mismo discurso cada vez que pueden, pero qué sentido tiene si los hechos y la historia han demostrado que estas palabras, gritos, consignas y ofensas no tienen fundamento alguno. Hablar del pueblo y por el pueblo es pensar y sentir como gente del pueblo, no como empresario o como político acomodado en una casa lujosa y en un vehículo del año, mientras su gente anda en rutas o a pie, fiando en la pulpería, interviniendo tierras, planificando cómo harán para resolver el siguiente tiempo de comida.

Por más que quiera seguir abanderándose en las causas de las multitudes, éstas no son las causas de los que representan esta corporación de partido político, no son sus intereses, prioridades, metas, ideales, patrones de vida y de comportamiento, ya que ellos están del otro lado de la realidad de la población.

Si estos dirigentes en algún momento sintieron como pueblo oprimido y necesitaron la urgencia de una reivindicación social a favor del desposeído, de crear una nueva estructura social para los nicaragüenses, en el camino se transformaron, mutaron y se convirtieron en lo opuesto, pasando a ser opresores del pueblo, partícipes de la clase económicamente pudiente, atropellando todo lo que una vez los hizo merecedores de la complicidad de los nicaragüenses.

El sandinismo ha sabido manejar perfectamente la realidad de Nicaragua, adoptando una careta de cinismo. Ahora se puede cuestionar si desde su principio, abanderando la causa de los necesitados, de los que tienen hambre, de los que no tienen empleo, estudios. El manejo del discurso siempre ha sido el mismo: burlarse del pueblo que aún los mantiene como partido político y como estructura de co-gobierno.

Ocultan con gran versatilidad sus verdaderas intenciones, identidad, autenticidad, ocupan las palabras que más son escuchadas para asegurar sus logros personales, no los de aquella multitud que casi hizo estallar la plaza hace 25 años, sino el interés de saber a cuánto ascienden sus activos, y poder trazar la curva de rentabilidad neta de cada córdoba invertido en la economía nacional o extranjera, de cuánto más tendrán cada día.

Y ver a una parte del pueblo que aún cree en lo que dicen, que llena calles y plazas en conmemoraciones, que se les acerca para verlos mejor, es darles asidero para seguir actuando, para seguir diciendo que ellos tienen que venir nuevamente a gobernar para resolver los problemas nacionales que otros gobiernos no han querido hacer, que son los Mesías salidos del pueblo para devolverle al mismo lo que les pertenece, lo que es del pueblo, como si ellos no estuvieran ultrajando y llevándose lo que también es del país: los fondos públicos, los impuestos, los bienes del Estado.

Todos los días actúan como espectadores a ver el comportamiento de las masas, para confirmar si es la misma, y si siguen siendo las mismas necesidades no cubiertas las que les brindan el escenario para seguir adelante, con el mismo guión, con el mismo argumento de siempre. Insensibles de sentir en ellos lo que la nación necesita y hacer algo por cambiar esta realidad.

Su única acción es recurrir cada año, al celebrarse un aniversario más de la revolución sandinista, a las consignas, a los cantares, a los montajes publicitarios, al discurso, a las mentiras.

La historia de Nicaragua es vieja, es joven, es la misma de hace años y me pregunto:

¿En quién creer? ¿En qué creer? ¿Qué nos espera? ¿Qué dirán ahora?

¿Qué es el pueblo para el Frente Sandinista?

El autor es administrador de empresas.

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