Cada vida es un encargo de Dios

Ruth Mendoza M.*

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Cada vida es un encargo de Dios


Ruth Mendoza M.*




El aborto es uno de los temas más divisivos y polémicos de nuestro tiempo. La gente suele tener posiciones firmes acerca del aborto. No es una cuestión social de simples preferencias, sino un asunto de vida y muerte.

Los adolescentes están cada vez más abiertos al hecho de que están teniendo relaciones sexuales, y esto refleja las costumbres íntimas que ven en las películas, la televisión y la música. Toda la sociedad se está relajando al punto que las personas que han escogido mantenerse castas son ridiculizadas abiertamente.

Así que el aborto es considerado como una goma de borrar, una forma de librarse de las consecuencias de su actividad sexual. Pero, ¿acaso ésto hace que sea correcto matar al bebé que ha sido concebido?

Se evidencia el conflicto entre dos cosmovisiones divergentes. El punto de vista humanista dice: “El hombre es la norma más alta existente. No tenemos que responder ante nadie, así que hagamos lo que nos parezca bien.” El punto de vista cristiano dice: “Respondemos ante Dios y Él nos ha ordenado no matar. Siempre debemos someter nuestros deseos y nuestras preferencias a la autoridad de su Palabra”.

Encontramos una perspectiva maravillosa de la participación íntima de Dios en el desarrollo y la vida del bebé antes de nacer, en Salmos 139:13-16: “Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas”.

A menudo los padres abortan a niños con defectos porque no quieren enfrentar el sufrimiento y el dolor que seguramente acompañan el cuidado de un individuo discapacitado. Al abortar al niño, creen que están abortando el problema. Pero no hay forma de evitar las consecuencias del aborto: la necesidad de hacer el duelo, la culpa, la ira, la depresión.

¿Y qué pasa si el bebé va a morir de todas formas? Los bebés anencefálicos, los que nacen sin cerebro, no tienen ninguna esperanza de vivir por mucho tiempo. Creo que tenemos que ver el cuadro más grande, uno que incluye a Dios y sus propósitos para nuestras vidas. Cuando ocurre una tragedia como ésta, podemos saber que sólo está ocurriendo porque Él tiene una razón detrás de ella. La voluntad de Dios no es que vivamos vidas fáciles, sino que seamos transformados en la imagen de Jesús. Él quiere que seamos santos, no cómodos.

El dolor de las circunstancias difíciles a menudo es la forma que Él escoge para hacer que crezca la piedad en nosotros y en las vidas de quienes son tocados por la tragedia de la discapacidad de un niño. Cuando es una cuestión de vida y muerte —como ocurre con el aborto— nuestro lugar no está en evitar el dolor. No todos los abortos son realizados por conveniencia. Algunos se realizan en casos muy duros, como niños discapacitados o como resultado de una violación o un incesto.

Pero necesitamos retroceder y ver las cosas desde una perspectiva eterna. Dios es quien da la vida, y sólo Él tiene el derecho de quitarla. Toda persona, nacida o aún no nacida, es un alma preciosa hecha por Dios a su imagen. Cada vida es un encargo de Dios que tenemos que celebrar y proteger.

* La autora es administradora de empresas.

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