Rafael Ibarguren
Conmueve la paternal atención pastoral que Juan Pablo II dedica al Nuevo Mundo, nuestro continente americano. Su sexta visita a Méjico anunciada para el mes de octubre y la canonización el año pasado de Juan Diego, el vidente de la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América, nos hablan en ese sentido.
Nuestra Iglesia Católica iberoamericana viene produciendo frutos admirables de virtud. Cada año, nuevos testigos de estas latitudes enriquecen el santoral cristiano. A América Central ya le ha llegado también su hora, y más directamente a las jóvenes repúblicas de Nicaragua y de Costa Rica.
Hace dos años, el 14 de abril del 2002, en la plaza de San Pedro, el Santo Padre beatificó a sor María Romero Meneses, Hija de María Auxiliadora, nacida en los albores del siglo XX en la ciudad de Granada, Nicaragua. Irradió santidad y labor apostólica en San José de Costa Rica y volvió a su tierra natal para morir, esta vez en León, a orillas del mar.
Santidad y trabajo, decimos. Impresiona en el legado que nos dejan los santos esas dos dimensiones que podrían parecer contradictorias: la ferviente unión con Dios y la entrega a las arduas labores por el prójimo; contemplación y acción.
«Dadme almas, quitadme lo demás» era un lema de Don Bosco. Sor María Romero lo hizo igualmente suyo. Gastó y desgastó su vida sirviendo, ayudando, comunicando a los demás —y muy especialmente a los pobres— y ganando almas para el reino. Pero no nos engañemos: su único amor, su pasión, su todo, fue Dios su creador, Jesús, su Divino Esposo, María, su Reina. La actividad desbordante que realizó y que está consignada en innumerables obras sociales y culturales, surge de esa pasión exclusiva. «Dadme almas», sí, pero para Dios.
«La santidad no está en hacer actos externos sino en el amor interior del acto externo», escribió cierta vez sor María en su agenda. Ella fue ejemplo viviente de esta verdad motor.
¡Qué lección oportuna para tantos que rápidamente se ilusionan con el espejismo de las obras y subestiman la oración, la guarda del corazón, la contemplación! Lo que encanta en esta Hija de Don Bosco es su naturalidad dentro de lo sobrenatural. Veía a Dios en todo, en las almas, en las flores, en cada gota de agua, en toda criatura. Y esto sin afectación o arrobo místico.
Siempre alegre —fue una auténtica salesiana a la vez que una típica nicaragüense— Sor María Romero pasó por grandes pruebas y sufrimientos, conservando una igualdad de ánimo ejemplar, fruto de ese espíritu contemplativo, de esa unión íntima con Dios. Puede decirse que en vida fue menos admirada que incomprendida; incluso sufrió la crítica y la sanción. No se abatió, más bien creció hacia lo alto. Su vida es un tejido original de acontecimientos extraordinarios —donde no faltaron las apariciones y abundaron los milagros— y de pequeños hechos pintorescos en que se aquilata la sencillez, el candor y la inocencia de esta alma de Dios.
Sor Maria Romero es por cierto, un ejemplar admirable de santidad, pero es igualmente un modelo a nuestro alcance para imitar. Bien próxima a nosotros en el tiempo y en el espacio, cumplidora cabal del deber que su particular vocación le impuso, recibió como recompensa la añadidura prometida por Dios en el Evangelio, pues Dios le regaló diversos dones como el de discernimiento, el de consejo, el de profecía, el de sanación y muchos otros.
No obstante estos carismas extraordinarios, humilde y apagada, pobre y desprendida hasta donde se puede ser, esta flor de la Iglesia Centroamericana se nos presenta amable y accesible. Que interceda desde el cielo por nosotros para que sigamos resueltamente su bello ejemplo.
El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.