Roman, Times, serif»>
"París bien vale una misa"
El noticiario 6 en Punto, de Radio Corporación, dio a conocer ayer que en la misa que el cardenal Miguel Obando celebrará el 19 de julio en la Catedral de Managua, con motivo del 25 aniversario de la revolución sandinista, contraerá matrimonio eclesiástico el líder del FSLN, Daniel Ortega Saavedra, con su antigua compañera de vida, Rosario Murillo; y que como invitado de honor o testigo del singular matrimonio estará presente Fidel Castro.
Si se tratara del casamiento de cualquier persona no le importaría a nadie —aparte de sus familiares y amigos— y no sería noticia, mucho menos objeto de comentario en una columna editorial. Pero Daniel Ortega no es cualquier persona. Es un ex Presidente de Nicaragua que gobernó con mano de hierro durante uno de los períodos más tormentosos y fatídicos de la historia nacional, y quiere gobernar de nuevo.
Por otro lado, la reconciliación de Daniel Ortega con la Iglesia Católica es necesariamente noticia de primera plana, porque cuando aquel gobernó dictatorialmente (1979-1990) persiguió a la Iglesia Católica al extremo de que el Papa Juan Pablo II fue ultrajado verbalmente por agitadores sandinistas que sin duda cumplían «orientaciones» de su máximo líder, que era entonces y sigue siendo ahora Daniel Ortega Saavedra.
Es por eso que al conocerse la reconciliación del líder sandinista con la Iglesia Católica y que incluso quiere ser casado eclesiásticamente por el cardenal Obando, se plantea la duda acerca de la sinceridad de la conversión y el arrepentimiento de Daniel Ortega, y la sospecha de que podría ser una estratagema política para manipular a la Iglesia, engañar a la población democrática de Nicaragua y facilitarse la posibilidad de ganar las próximas elecciones presidenciales.
En realidad, la historia está llena de conversiones fingidas y sometimientos aparentes a la Iglesia Católica, para alcanzar un fin político. La más famosa y que se cita a menudo en los textos de historia es la del rey Enrique III de Navarra y IV de Francia, un protestante convencido que para poder ocupar el trono francés abjuró públicamente de su religión y abrazó el catolicismo, haciendo célebre la frase de que «París bien vale una misa». Y después de alcanzar su objetivo, Enrique IV concedió a los protestantes todo lo que éstos pedían, por medio del Edicto de Nantes.
Pero tampoco se puede negar la posibilidad de una genuina conversión aún de la peor criatura humana. Sobre esto hay también abundantes casos en la historia, sobresaliendo el de Saulo de Tarso, quien «perseguía con exceso a la Iglesia de Dios y la devastaba», pero se convirtió en el camino de Damasco y llegó a ser el «Apóstol de las Gentes» y el principal pilar de la Iglesia Católica, después de San Pedro.
Según los teólogos el arrepentimiento es el remordimiento aceptado por el individuo, lo que fue magistralmente conceptuado por el célebre escritor, diplomático y político francés de principios del siglo XIX, Chateaubriand, quien señaló que: «Para borrar nuestras faltas a los ojos de los hombres son precisos torrentes de sangre, pero ante Dios basta una sola lágrima».
Se comenta que el líder sandinista Daniel Ortega ya habría derramado esa lágrima, al confesarse ante el cardenal Miguel Obando, quien como sacerdote no puede poner en duda la sinceridad de quien llega ante él, con humildad real o aparente, a expresar su arrepentimiento y a pedir perdón. Y pareciera providencial que el cardenal Obando citara el domingo pasado el Evangelio de San Lucas en el que precisamente se dice: «Señor, hasta los demonios se someten en tu nombre».
Sin embargo para la ciudadanía democrática ese arrepentimiento formal de Daniel Ortega no es suficiente. Y mucho menos si se considera que con motivo del 25 aniversario de la revolución sandinista Ortega habla de hacer otra revolución, y acaba de ofrecer a Fidel Castro su disposición de abrir los frentes de lucha que el dictador comunista de Cuba quiera, y cuando quiera.
O sea que Ortega, en vez de demostrar una efectiva rectificación —como sería devolver las el fruto de la piñata sandinista— más bien amenaza con volver a hacer lo mismo de los años ochenta.