- Entre la devastación causada por los deslaves del Musún, los campesinos que perdieron todo se lamentan, pero abrigan ahora la esperanza de llevar una nueva vida, según promesas del Presidente de la República, Enrique Bolaños
Luis Eduardo Martínez M.
Iván Quintero Mendoza, un joven campesino de la comunidad La Isla, al norte del Musún, recordó que la madrugada del 25 de junio él y su esposa embarazada lograron salvarse porque los despertó el “piar” de unos pollitos que estaban en el patio.
“Creí que las hormigas se los estaban comiendo y me levanté a ver a los pollitos, pero, en eso vi cómo se venían cayendo los palos y le grité a mi mujer que nos corriéramos, entonces salimos corriendo hasta una parte más alta, pero cuando llegamos arriba, en el otro lado no había para dónde agarrar porque había otro derrumbe y, cuando quisimos regresarnos, vimos que la casita se la estaba llevando la tierra”, dijo Quintero posando su mirada entristecida en el piso.
“SE FUE TODO”
Quintero manifestó que “se fue todo, la casita con todo lo que había adentro, la ropita y también las gallinas y los pollitos que nos salvaron”.
Quintero es uno de los 315 campesinos que están albergados en la pequeña escuela rural Sacuanjoche, en la comunidad La Isla, donde duermen apiñados en aulas de ocho metros de largo por seis metros de ancho.
“Las condiciones no son las indicadas y es necesario trasladar a esta gente a otro sitio”, refirió el doctor Byron Pérez, director departamental de Higiene y Epidemiología del Ministerio de Salud en Matagalpa.
Pérez se suma a la idea de la vicealcaldesa de Río Blanco, Erenia Jeaneth Obando Huete, de construir galerones para brindar mejores condiciones a los damnificados que no podrán regresar a sus lugares porque fueron destruidos o porque están en situación de alto riesgo.
Del hacinamiento en el albergue de la escuela Sacuanjoche, José Luis Jarquín Gutiérrez, uno de los damnificados, considera que “uno está acostumbrado a su punto, a su casa, pero aquí estamos por necesidad, porque se perdió todo… allí fue donde se chorreó todo, donde se mira ese revenido más grande”.
“Uno en su lugar (finca) se va a ver sus siembritos, se va a divertir limpiando una manchita (parcela pequeña) de maíz y otras cosas, y aquí (en el albergue) no podemos hacer eso porque más que todo es como que estamos presos, sin hacer nada… somos campesinos, estamos hechos para trabajar, para cultivar la tierra y aquí estamos en el aire porque todo se perdió y la ‘canteada’ (lo malo) es que no hay ni dónde reconstruir la casita porque todo es revenido y no quedó nada”, refiere.
NO REGRESARÁN POR MIEDO
Este joven campesino, quien vivía en el sector de Santa Rosa, dice que “tenemos miedo porque cuando llueve ese cerro (Musún) retumba y pareciera que se viene todo encima”, manifiesta.
Por su parte Sotero Aguilar Suazo, quien logró salvarse junto a siete miembros de su familia, dice que “a ese lugar ya no volvemos, más bien quisiéramos buscar en una parte que la tierra no sea reventada, que sea normal, estar seguros”.
“Como ya se mira todo lo que ha pasado, ya a uno casi no le da miedo, pero ya no podemos volver al lugar porque ya no hay nada, si todo se lo llevó el derrumbe… ojalá se pudiera que me ayuden con un pedazo de tierra para trabajar porque a eso es lo que estamos acostumbrados”, añade Aguilar, quien se encuentra en el albergue de la escuela Sacuanjoche.
A unos 30 metros de ese albergue, en la casa de un amigo, don Manuel López Quintero está posando junto a su familia y dice que teme regresar a su finca de 27 manzanas porque la mayor parte quedó aterrada.
“Me da miedo regresar… me siento triste porque no es como estar en la finca, porque allí se vive más feliz, ordeñando las vaquitas, cuidando los frijolitos que uno se va a limpiarlos para después poder comer… Aquí no es nada igual”, dice don Manuel.
Junto a él está su hijo Hipólito López Díaz, quien se recupera de las lesiones que sufrió durante los deslaves, pero no del dolor de haber perdido a su pequeña hija Lilliam Marlene López, quien precisamente cumplía diez meses de nacida el día del desastre.
“Completito, el 25 (de junio) cumplía los 10 meses mi hijita y yo no pude salvarla”, dice Hipólito, mientras trata de contener el llanto y añade que “también mi niño casi se me muere, no lo hubiera soportado”.
El pequeño hijo de Hipólito, Ariel Antonio López, de 8 años, está internado en el puesto de salud de Río Blanco, recuperándose de una lesión.
Cuando quiso salvar a sus hijos de los deslaves, Hipólito sufrió heridas en distintas partes del cuerpo. Fue rescatado por efectivos del Ejército de Nicaragua, el 25 de junio, y llevado de urgencia hacia el hospital de Boaco, donde le dieron de alta el lunes siguiente.
SUPERANDO LA TRAGEDIA
La nostalgia invade sus almas y la consternación y el miedo persisten en sus mentes. Por ahora, un poco más de 2,500 campesinos están en 10 centros escolares en los que el hacinamiento les hace sentir que están “presos” y donde no tienen las condiciones suficientes para permanecer albergados.
Las avalanchas de lodo, desde las laderas del cerro Musún, sepultaron a los familiares de algunos y las casas, tierras, cultivos y animales de la gran mayoría de los campesinos que ahora están en los albergues y que no tienen a dónde ir.
En medio del drama es notoria la solidaridad de los pobladores de las comunidades vecinas a los caseríos, quienes por varios días asumieron la alimentación y continúan respaldando a los damnificados, brindándoles alojamiento a unos cuantos.
Según datos oficiales, por el desastre del 25 de junio fueron afectadas 2,583 personas, más del 50 por ciento son niños, 24 campesinos murieron y decenas resultaron heridos.
La falta de agua potable es lo más grave ahorita: el 90 por ciento de la población de Río Blanco, estimada en 18,500 habitantes, está sin el vital líquido desde el día del desastre, según refirió la vicealcaldesa del municipio, Erenia Jeaneth Obando Huete.
Diez escuelas sirven de albergue y otras 20 están situadas en las zonas de los deslaves, por lo que las autoridades de Río Blanco estiman que 3,416 estudiantes no han asistido a clases.
Por las lluvias y el hacinamiento en que están los campesinos en el albergue, presentan afectaciones respiratorias, diarreicas y enfermedades en la piel, por lo que reciben atención médica por parte de una brigada del Minsa que sólo la tarde del viernes y el sábado recién pasado atendieron a 170 pacientes.
“Tenemos las medicinas suficientes para atender estas patologías”, dijo el doctor Byron Pérez, al explicar que el Minsa dispuso de cuatro brigadas médicas que están de forma permanente en los albergues de La Isla, Palán, Wanawás y Mansera, donde también atienden a los afectados de las comunidades vecinas.