El profundo abismo del prostíbulo

Uriel Cuadra Argüello

La niña que tiene pudor por enseñanza de sus padres, no se desviste en presencia de un hombre. Guarda la compostura. Pero este relicario es pasajero cuando suceden enfrentamientos contra la voluntad de las jovencitas.

Me dicen que en la antigüedad la sábana que cubría a un matrimonio tenía un agujero en el centro y a través de esa “ventanita” se hacía el amor. ¡Qué tiempos aquellos! Ahora no creo que sea necesario utilizar esta forma de ser, pues apreciar las curvas en la mujer es uno de los deleites del hombre. Hay que tomar en cuenta que el hombre se excita con ver a la mujer. Pero todo lo antes descrito era voluntario. Gregorio Marañón, en su libro Amor, Conveniencia y Eugenesia explica que todo se hacía con la voluntad de la mujer.

Los efectos de este tipo de acción en la mujer se deben a tres factores: voluntario, por necesidad y obligada. Detallo uno a uno:

Voluntario es cuando la mujer por amor se entrega al hombre a cambio de nada. No existe respuesta de tipo económico. Es posible que haya sido una prueba de amor o bajo el papel del matrimonio.

Segundo, por necesidad. Aquí da tristeza este mismo paso, ya que el resultado es buscando un fin, y esto es para sus hijos techo o las medicinas de su madre. Da tristeza escribir o leer sobre el tercero, que es el de la maldad, la perversidad y el lucro. Son malditos aquéllos o aquéllas que arrastran a la joven con engaño, ofreciéndoles un trabajo bien renumerado, ir a otro país a ganar muchísimo dinero, a centros de masajes corporales a clientes que bien pagan y dan excelentes propinas.

¡Cómo existe la maldad! Y dicen que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. Pobre humanidad. Desde que nacemos venimos condicionados y engañados. ¿Hasta cuándo?

Recuerdo que hace muchos años, en una ciudad del centro de la República mexicana se descubrió un fatídico burdel, el de los “Poquianchis”, que si mal no recuerdo fue en Guanajuato. En el patio de este local encontraron enterrados numerosos fetos, por los abortos que provocaban a las indefensas prostitutas llevadas por la fuerza o engañadas al lugar.

Fue tal el escándalo que se averiguó que estas tristes jovencitas eran oriundas de lugares bastante distantes de Guanajuato. Que tenían un jefe que las maltrataba a latigazos. Obligadas constantemente a efectuar sexo con los clientes que acudían al lugar por un determinado pago, pero de manera gratis con él, además de darle una pequeña mordida fuera del pago que correspondía al burdel. Después del aborto y antes de él no podían salir del local, pues el sicario no se los permitía por temor a que no regresaran. La continua vigilancia era la mejor manera de tener segura a estas víctimas de la perversidad.

¡Qué despertar tenían estas inocentes criaturas! No se viene a este mundo para sufrir esta crueldad. Así fueron pasando los años. Sólo eran dejadas en libertad después de ser trasladadas a otros burdeles del país, y sustituidas con nuevas víctimas jóvenes que agradaban al ojo de los clientes, asegurándoles un ingreso en el paraíso.

Con el correr del tiempo las mentes de estas víctimas se desfiguraron, ya que al salir algunas pusieron similar negocio respaldadas por alguien que aportaba dinero, ayudadas por la experiencia. El curso seguía igual, la ola roja no se detenía y en ese mar de lágrimas las madres lloraban la desaparición de sus hijas, desconociendo su horrible final.

Al final del tiempo, cuando el calendario había votado muchas páginas, al preguntárseles qué había sido de su vida decían: “De joven fui prostituta y ahora de vieja soy matrona”. Esta última palabra determina el ser dueña de un nuevo cadalso de placer.

La Policía de ese tiempo efectuó muchos arrestos; la prensa hablaba y escribía y se hizo oír en todo el país; pero con el correr del tiempo la vida sigue igual.

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