César A. Bravo Vargas
El libro de Génesis es uno de los textos más fascinantes del Antiguo Testamento. Al escudriñar su contenido se activa la pantalla gigante de la imaginación, proyectándose en la mente una película de hechos o acontecimientos inverosímiles, que sólo a través de la fe uno es capaz de aceptarlos como verdaderos.
En lo personal este libro sagrado, es una maravillosa máquina del tiempo que en la medida que viajo a través de sus páginas voy encontrando respuestas a muchos de los enigmas que aún intrigan a la comunidad científica actual. La creación de todo lo existente, basta para ilustrar este hecho. Cuando se construía la Torre de Babel Yahvé mandó a que su gente hablase en diferentes tipos de lenguas (Génesis 11:4), haciendo de su creación terrenal una comunidad multilingüe. Si se da por aceptado este hecho, entonces se encuentra el origen de tanta diversidad lingüística que impera en el mundo. Desde la consumación de este mandato divino la idea de un idioma universal siempre ha tentado a los hombres. Ideal sería llegar conocer un mundo donde todas las personas, sin distingo de raza, nos pudiéramos comunicar entre sí, sin barreras de ningún tipo. Este ideal ha sido un sueño largamente acariciado por la humanidad.
Análogo al acontecimiento de la Torre de Babel, fue lo ocurrido en la Polonia de finales del siglo XIX, cuando además de hallarse bajo una tensa situación política, se hablaban dos idiomas y dos dialectos: alemán y ruso, polaco y yiddish. La ocupación rusa agrabó aún más la situación cuando decretaron la abolición de la cultura polaca en sustitución por la rusa. El yiddish -dialecto formado a partir de una mezcla de hebreo y alemán- fue utilizado para comunicarse clandestinamente, al igual que el polaco. Como consecuencia se dificultaron las comunicaciones, pues mientras las autoridades hablaban un idioma los comerciantes otro, sin que el resto del pueblo monolingüe pudiera escapar de su destierro lingüístico. En las mayorías de las veces se producía un verdadero caos, haciéndose casi imposible establecer comunicación entre las personas, convirtiendo a la Polonia de aquel entonces en una torre de Babel.
Este ambiente cargado de imposiciones y confusiones lingüísticas fue el clima ideal para que se desarrollara la idea de homogenizar la lengua polaca: Lázaro Ludovico Zamenhof, un adolescente de 17 años de origen judío, tomó la iniciativa de crear y propagar lo que él mismo llamó «una lengua con pretensiones de universalidad». El nuevo idioma debía ser fácil de aprender, entender, sin presentar muchas complicaciones gramaticales.
Alex Marrón Mares describe al joven Ludovico como brillante y políglota, con talento innato hacia la lingüística. Ludovico advirtió la solución en un lenguaje fonético, con un vocabulario derivado de los idiomas romances. La magnánima y emprendedora labor desembocó en uno de los mejores aportes del hombre a la lingüística moderna.
A la edad de 27 años, en 1887, el joven Ludovico publicó su primer trabajo llamándolo Doktoro Esperanto, cuya traducción significa Doctor Esperanza. Tiempo más tarde confesaría haber escogido tan enigmático seudónimo porque emprendió la obra con la esperanza de unir a toda la humanidad en un solo idioma, que permitiera la comunicación directa, fácil, sin la posibilidad de malos entendidos o interpretaciones equívocas o incorrectas, a la par de que fuese capaz de unir al mundo con una sola lengua, «como una gran familia» repetía el joven lingüista. Ludovico dio a este nuevo idioma el símbolo de una estrella de cinco puntas de color verde -color de la esperanza- sobre un fondo blanco. Ludovico era del criterio de que «las guerras y la causa principal de la desunión entre los humanos es la diferencia de idiomas”. Las reglas del Esperanto o Esperanza se resumía en una sola hoja. Pronto los eruditos en la materia dieron su aprobación a la nueva legua tras considerarla una obra brillante precisamente por ser tan sencilla.
El mismo año de su publicación, mientras las grandes potencias europeas se encontraban al borde de una guerra, Lázaro Ludovico, imprimía varios panfletos con las reglas del nuevo idioma, repartiéndolos por toda Varsovia y Cracovia, entre otras ciudades importantes, para divulgarlo y despertar el interés de la población hacia el Esperanto.
No obstante, cincuenta y dos años más tarde, las fuerzas de ocupación nazi en Polonia prohibieron terminantemente el uso del Esperanto en todas sus formas, escrito o hablado, estableciendo severas sanciones para los que fueran sorprendidos usándolo. Los especialistas nazis consideraban que el idioma inventado por un judío podía utilizarse como clave o forma de comunicación secreta entre los enemigos del Tercer Reich.
Desde 1905, cuando tuvo lugar en París el I Congreso Mundial del Esperanto, hasta hoy más de catorce mil esperanto-parlantes participan en las conferencias internacionales con el propósito de mantener ese idioma vivo y diseminarlo por todo el mundo. El Esperanto se enseña en más de 750 escuelas en 40 países, a través de la radio de onda corta y estaciones de radio de Internet que transmiten clases a muchos países. Para los esperantos el nuevo idioma va en expansión y a toda marcha. ¿Será posible que un día lo que fue un mandato de Dios sea superado por la iniciativa de un adolescente? Yo nunca lo sabré.
Pero ojalá que los nicaragüenses no siguiéramos esperando este idioma fonético de 27 letras, y a ver si de una vez por todas terminamos entendiéndonos.
El autor es escritor