José Adán Silva
Allá en 1994, cuando tener una tarjeta de crédito era todo un lujo, Rigoberto supo que la amistad puede durar lo que duren los fondos de ese plástico demoníaco.
Era camarógrafo de una cadena internacional y ganaba muy bien, hasta 500 dólares al mes. Pero aún así, sentía la curiosidad de poseer una de esas rectangulares cosas plásticas que, a simple vista, parecían fáciles de pagar y usar.
Se le satisfizo su curiosidad a mediados de junio de ese año, cuando le extendieron una tarjeta con 600 dólares. Ahí estuvo el plástico en su cartera toda la semana, latiendo como si tuviera vida, llamándolo con impulsos vibratorios, haciéndole señas.
Un jueves de aires festivos, Rigo aceptó los llamados del plástico diabólico y sin tener quien lo acompañara, se arriesgó a compartir su dicha con el primer prójimo que encontrara en un bar.
Para eso tenía que tomar taxi, así que en el camino decidió que era mejor acompañarse de un taxista que le indicara dónde se podía bacanalear con tarjeta de crédito.
Y el taxista, que todo lo conoce, le enumeró un amplio repertorio de bares, restaurantes, discos y prostíbulos. Rigoberto, con la tarjeta ardiendo en su cartera, y unos dólares llorando en su bolsa, le ofreció al taxista que lo acompañara a varios lugares, y que a cambio él le pondría gasolina, licor, mujeres y, por supuesto, el pago por sus servicios de chofer.
Es de suponer que no había terminado Rigo de proponer, cuando ya el taxi arrancaba rumbo a todas partes de aquella Managua nocturna que esperaba con sus puertas abiertas aquellos billetes verdes y su acompañante plástica.
Mujeres para Rigo y su amigo taxista por aquí; comida, licores, moteles y más mujeres para Rigo y su amigo taxista por allá. Hasta dos por una llegaron a tener en sus lechos alquilados.
En ese trajín vertiginoso de tarjetazos, mujeres y libaciones, el lunes encontró a Rigo con los bolsillos rotos, el cuerpo dolido, la resaca moral más fuerte que la resaca del licor, y la tarjeta, la muy maldita, fría en su cartera, muerta como un animal, sin brillo, sin fuerzas.
En sus bolsillos, apenas quedaban unos billetes sueltos, facturas de todo y uno que otro cigarro aplastado. No tenía ni lo suficiente como para pagar un taxi que lo llevara de regreso, así que despertó a su ocasional amigo de parranda que dormía aún encuerado en el cuarto contiguo, y le pidió ride en su taxi.
Este, con el tanque lleno de gasolina, los bolsillos repletos de pagos y cambios, la barriga maltrecha de tanto comer y beber del dinero ajeno, y ya alejado el efecto del licor que ahora lo golpeaba a martillazos en las sienes, lo quedó viendo como un extraño y como si de un cliente peligroso se tratara, le dijo que no iba para ese lado.
Se perdió y Rigo no lo volvió a ver, para suerte de ambos, porque durante los cuatro años que el camarógrafo pasó pagando los sobregiros de tres días frenéticos de uso de la tarjeta de crédito, no pensó más que matarlo a puñetazos por esos cobros reflejados en su estado de cuenta: gasolina, aceite, repuestos originales de vehículos, sexo y licor.