Ana María Ch. de Holmann
Visitamos Loreto una mañana de abril bajo un sol diáfano, brillante. Quizás así lo sentí pues veníamos impregnados de la luz que da el resplandor de una santa, el día de su Beatificación: Sor María Romero.
Subimos la colina de Loreto a pie. Ya desde esas alturas parecía caminar un paso hacia el cielo pues allí se respira un aire de paz, en esa colina por la que han pasado generaciones tras generaciones que han oído la voz de quien les llama y llegamos ahí llenos de confianza a buscar su protección.
Entramos a la Iglesia y se celebraba una misa enfrente de la Santa Casita de Nazaret. Todo es entrar en esas cuatro paredes de ladrillos blanquecinos para sentir una sensación de unidad y compenetración con el misterio de la Encarnación, porque este recinto es la misma y original de Nazaret en donde se dio el comienzo de nuestra redención.
Según la tradición, en el año 1291, cuando los cruzados fueron expulsados definitivamente de Palestina con la pérdida del puerto de Accon, la casa de mampostería de Nuestra Señora la Virgen María fue transportada “por misterio angélico”, primero a Tersatto (Dalmacia) y luego a la colina de Loreto en 1294. La primera nota escrita relativa a la traslación se remonta a Teramano, vigilante del santuario entre 1465 y 1472.
Según los últimos estudios, la Santa Casa llegó a Italia, desmontada por mar. Se ha averiguado que el lugar de la Anunciación se transformó en lugar de culto cristiano desde el II y III siglo, salió a luz debajo de la Santa Casa un dibujo esgrafiado (frárico) del siglo II, en griego, que dice : “Karine María” (Ave María). Por los documentos de los Archivos Vaticanos, leídos al comienzo de este siglo, se sabe que la madre del duque de Atenas, Guy de la Roche, Elena Angeli, la cual gobernó Jerusalén en lugar de su hijo menor de edad (1287-1294). Elena fue quien hizo trasladar la Santa Casa a Italia, precisamente en la fecha arriba indicada, llegando a Ancona entre el 8 y el 9 de diciembre de 1294. Las campanitas recuerdan el sonido de las campanas que solas saludaron el paso de la Santa Casa en todos los pueblos y entre el 8 y el 9 de diciembre de 1294 a su llegada a Loreto sonaron solas las campanas festejando la llegada de la Santa Casa en esa fecha, es por ello que hasta la fecha todas las Iglesias de Loreto tocan sus campanas desde la medianoche para commerorar esa fecha tan especial para ese pueblo y tan importante para toda la cristiandad, el que parece guardar por siglos y siglos el misterio del Verbo Encarnado y, la santa imagen de la Virgen de Loreto que sonríe guardando silencio… pero sin negarse a recibir afectos y peticiones de todos los tiempos, de todas las gentes, de todas partes, de todos los colores y rezar dándole a cada uno lo que sólo una madre puede dar a sus hijos, ahí se siente la alegría que da la fe en la esperanza.
En un viaje a Loreto Sor María Romero recogió la devoción de la campanita, la que recomendaba y regalaba a sus afligidos “clientes” que llegaban a ella a pedirle favores. Sor María decía que esta campanita había que sonarla para convocar el auxilio de la Virgen María su “Reina” cada vez que uno lo necesita, los grandes santos lo hacían —comentaba—. Ella experimentó varios favores a través de la campanita, también decía que estar en Loreto era como “tocar el cielo”.
Pidámosle a la Virgen de Loreto ponernos bajo su guía y nos lleve hacia Jesús, el Hijo de tu obediencia con la confianza que tu Corazón Inmaculado nos lo dará, madre ayúdanos a dar nuestro “Sí” en cada circunstancia de nuestro camino; un “Sí” a la vida que es un don espléndido y maravilloso de Dios un “Sí” al amor, un “Sí” a la paz que todos debemos construir con la unidad en la familia, en la sociedad, en Nicaragua.
La autora es directiva de la Asociación Sor María Romero