Los cuestionados viajes presidenciales

Mario Alfaro Alvarado

¿Son necesarios los viajes al extranjero de los funcionarios del Gobierno? Sin duda que unos son necesarios, otros son imprescindibles y otros responden a los privilegios que brinda la corrupción

En un mundo interrelacionado, cada vez más interdependiente, las relaciones entre los Estados van imponiendo el contacto personal de los gobernantes para buscar soluciones de alto nivel a los crecientes problemas que enfrentan —uno más y otros menos— todas las naciones de un mundo globalizado.

Con el Mercado Común y la Integración Económica Centroamericana los gobernantes de las cinco parcelas comenzaron a llamarse por teléfono sin recurrir a los trámites protocolarios. Esas conversaciones eran personales y servían para intercambiar información y hacerse consultas mutuas.

En un estadio más avanzado los gobernantes centroamericanos acordaron reunirse sin muchas exigencias protocolares y obtuvieron de sus respectivos congresos disposiciones que agilizaron el permiso legislativo para que los presidentes pudieran juntarse con sus colegas en cualesquiera de las capitales de la región, cada vez que debieran tomarse decisiones de alto interés político, económico o administrativo.

El resultado obtenido de esas reuniones fue el avance en el complejo proceso de integración regional. Después se extendió el ámbito geográfico a todo el continente para las visitas y reuniones cada vez más frecuentes entre los jefes de Estado, a fin de examinar y decidir sobre asuntos de interés continental.

¿Fueron necesarios los viajes de doña Violeta en procura del perdón —aquí y allá— de la cuantiosa deuda de más de 12 mil millones de dólares, que le heredaron los sandinistas? Ese peregrinar, ese convertirse en una penitente en busca de mercedes por donde quiera que Nicaragua tenía algo que pagar y no podía pagar, dio por resultado la rebaja de la deuda a la mitad.

Negociar el perdón de la otra mitad de la deuda, recuperar la confianza de los países acreedores en un país que cayó en la insolvencia económica, política y moral, fue tarea de don Enrique desde que inició su período presidencial. Sus gestiones tuvieron éxito al rematar en la HIPC y la condonación del 80 por ciento de la deuda pendiente.

Cuando el candidato triunfante de Taiwan invitó a don Enrique a su toma de posesión en Taipei, ¿podía el Presidente de Nicaragua dejar de asistir o hacerse representar por otro funcionario de su Gobierno? ¿Acaso no hubiera sido un desaire y una muestra de poco interés hacia un Gobierno y un pueblo que prestan a Nicaragua valiosa y constante ayuda para mejorar las condiciones de vida de los amplios sectores de nuestra población?¿Podía el presidente Bolaños dejar de asistir a la boda real del Príncipe Felipe, heredero de la corona española? Esa boda fue todo un acontecimiento mundial, en el que España puso mucho esmero para cumplir con una tradición secular, mientras toda Europa participaba emocionalmente en el acontecimiento porque los países de la Unión Europea tienen en sus propias historias un origen común de mil años, cuando las monarquías construyeron poco a poco las nuevas naciones que sustituyeron al imperio romano.

¿Podía Nicaragua desairar, con la ausencia de su gobernante, a uno de sus grandes benefactores, con una muestra de incalificable descortesía, para que los detractores del gobernante se ahorraran sus diatribas? Ante las críticas injustificables de adversarios despechados por no haber estado ellos en el regio acontecimiento, habría que decirles como antaño se respondía en casos como éste: “es envidia o es caridad”.

Éstos son dos ejemplos de viajes imprescindibles. También son viajes indispensables cuando los gobernantes de toda América se reúnen para abordar en el más alto estrado internacional los problemas que afectan a todas las naciones hermanadas en el panamericanismo.

La tradición política de Nicaragua ha hecho de los viajes al exterior una prebenda muy apetecida, con la cual los gobernantes “generosos” obsequian a sus correligionarios más adictos, más fieles y más sumisos. Los pactos políticos impusieron la costumbre que adonde hubiera que enviar una representación oficial al extranjero, se enviara por lo menos a dos funcionarios de la mayoría y uno de la minoría del consorcio gobernante.

Está bien el control de los viajes al exterior para evitar los abusos; pero esto no debe servir de pretexto para que la Asamblea Nacional, por razones políticas, por revanchismo, o por lo que sea, le prohíba al mandatario cumplir con sus obligaciones ante los demás gobiernos del mundo.

El autor es periodista e historiador.

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