Leopoldo Barrionuevo*
Roman, Times, serif»>Opinión económica
Historia e histeria de la empresa familiar
Leopoldo Barrionuevo*
El emprendedor o entrepreneur decide un día dejar de ser dependiente para ser su propio patrón y embarca a su familia en la aventura, sin darse cuenta que ha dado un paso por lo general irreversible, porque le vaya bien o le vaya mal ya no habrá retroceso.
Cuando da ese paso, el miedo por lo general le duele o lo acongoja y no importa lo que haga o cómo lo haga, siempre le va a costar si tiene siquiera la suerte de vivir al día.
Ni qué hablar de retirar dinero, en la empresa se pone, no se saca, pese a lo que digan los trasnochados de siempre y además hay que saber sobrevivir pobremente y con las uñas porque la primera etapa es crucial: nueve de cada diez empresas no superan el primer año de vida y si no hay recursos hay que soportar el golpe porque no hay mal que dure cien años del mismo modo que no hay bien que persista sin sacrificios.
Algunos eligen conchabarse con empresas constituidas y unos pocos se enrolan en las transnacionales, en todos los casos hay que pagar el precio y aprender a caer y levantarse con la ayuda de todos porque no se pueden pagar sueldos y seguro social ni tampoco respetar domingos y días de fiesta de guardar.
La mejor política es administrar como si cada año fuéramos a vender, aunque no lo hagamos y es que una empresa tiene un valor de mercado más que de activos y es por lo único que se paga, algo en lo que no aciertan los contables. Y a menos que se trate de una gran oportunidad, el precio de una empresa equivale al de diez a quince meses de ventas netas, dependiendo de si está bien o mal organizada y si depende demasiado de los parientes, porque nadie compra parientes.
Lo que conviene tener en cuenta es que uno depende de dos factores para iniciar un negocio: por un lado el mercado potencial o sea los clientes probables y el conocimiento que poseemos de algo o el dominio de un tema, lo que suele denominarse “know-how”.
El producto es poco significativo, algo que era clave hace 30 años cuando la calidad estaba ausente y por ello podía explotarse por más tiempo. Hoy eso no cuenta porque vivimos tiempos diferentes, de commodities y genéricos indiferenciados, además, cualquiera puede fabricar algo y si no, comprarlo porque es mejor negocio.
A medida que transcurre el tiempo, el negocio se afirma y no necesariamente la familia porque omitimos que se trata de asuntos diferentes: la familia se mueve en el ámbito de las emociones y los sentimientos y el negocio se encuentra en las antípodas, como son los resultados económicos.
Los hijos son distintos, tienen objetivos diversos y personales que uno debe comprender y respetar, al mismo tiempo que el aceptar que cada familia es un mundo y no hay paralelos culturales en la Organización.
La empresa familiar vive de la vocación que tengan sus miembros para explotar las escasas oportunidades que siempre son externas. Y también vive del liderazgo no compartido aunque a muchos les cueste aceptar el que haya líderes y seguidores.
Lo que realmente importa: se vive de quien nos da de comer y ése es el cliente, aunque nos cueste aceptarlo.
* El autor es especialista en Liderazgo Empresarial y Recursos Humanos