Pedro Rafael Gutiérrez Doña
Después de más de treinta años, el arquitecto Alfredo Osorio Peters presentó un proyecto de lo que sería para él la nueva Managua, polarizando la ciudad en dos vértices: el norte que incluiría el Teatro Nacional, el Palacio Presidencial, la vieja Catedral de Managua, el Palacio de la Cultura, el edificio de Telcor y el edificio de la Cancillería; y al sur el edificio de la Plaza Inter, el centro de convenciones del Hotel Crowne Plaza y el hotel de La Pirámide, entrelazados por rotondas, amplias avenidas y un envidiable monorriel a nivel de una ciudad completa, con vistosas estaciones elevadas, en cúpulas geodésicas de aluminio y policarbonato, dignas de una ciudad del futuro.
Este proyecto, nombrado como “un chavalo que viene con un pan bajo el brazo…” iría acompañado también de un complejo de edificios gubernamentales, que se construirían basados en el modelo de autofinanciación, edificios que el país está necesitando como la Alcaldía de Managua totalmente disfuncional y un edificio para la incómoda e insegura Asamblea Nacional.
Aparte de que este proyecto llegue o no a ser un hecho y que haya o no recursos para construirlo, le trae a los ciudadanos la potestad de volver a serlo, acompañado de esa facultad sana del ser humano que es soñar, que no cuesta nada y nos abre la puerta de que algún día no muy lejano volvamos a tener una nueva Managua.